Columna: Nunca pensé en tener un santito

la foto

Santito del Niño Jesús de Praga

No soy religiosa, pero tengo algunos santitos del niño Jesús de Praga que me regaló mi madre al volver de un viaje junto a mi padre por Europa, hace unos 15 años. Ella me dio muchos, pero los regalé a mis amigos y me quedé con los suficientes para poner en mi velador, mi escritorio, mi billetera y algún otro rincón. Soy periodista y uno de mis temas favoritos para investigar es la figura histórica de Jesús y sus enseñanzas, por eso la forma en que su santito llegó a mis manos me saca siempre una sonrisa y hasta creo en su poder positivo.

Mis padres estaban cumpliendo varios sueños en esa travesía; viajar juntos por primera vez, visitar la antigua casa de mi abuelo materno en España, conocer la casa de Ana Frank, en Amsterdam, y también la de Milan Platovsky en la República Checa. Por último, quedarse varios días recorriendo Praga, la ciudad más linda del mundo. Mi mamá se la pasa leyendo libros sobre historia europea y en ese tiempo decía que conocer “la ciudad dorada” era como nacer de nuevo, debido a su potente belleza, edificios antiguos, iglesias y castillos que la hacen ser una de las 20 urbes más visitadas del planeta.

Para mí, en general, entrar a ese tipo de lugares en cualquier parte es más bien desagradable, quizás por lo ostentoso de las decoraciones o por el poder que representan, nunca lo he tolerado. A pesar de eso, estuve tres veces en Versalles (Paris) no sé bien cómo ni por qué, ya que la primera vez fue suficiente para sentir náuseas con la cantidad grotesca de color dorado dentro del palacio y el gigantesco jardín, que sólo pudo ser idea de un psicópata, provocándome un horror difícil de olvidar. Pero para mi madre es todo lo contrario, le encantan esas cosas y yo creo que probablemente fue princesa o trabajó en alguna casa real durante su vida pasada, porque no pierde oportunidad de pasear por cuanto edificio pomposo encuentra.

Fue así como en ese viaje con mi padre, ingresaron a la iglesia de Santa María de la Victoria y San Antonio de Padua de Praga. Ya me imagino la cara de impresión de mi mamá, con ojos y boca abierta como una niña en una tienda de dulces. Estaba recorriendo el lugar abrazada a mi padre, quien no logra distinguir una iglesia de otra y ya estaba un tanto aburrido, hasta que llegaron a la pequeña y hermosa estatua de 45 centímetros hecha de cera, conocida como el niño Jesús de Praga, elaborada por un artista desconocido y restaurada después de los diversos conflictos bélicos de la zona. De pronto, un joven cura vestido entero de blanco se les acercó y en un español extranjero los saludó y le pasó a mi madre un fajo de unos 500 santitos del niño Jesús, diciéndole: -Tomen esto para que lo lleven a Chile-.

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Estatua del Niños Jesús de Praga

Mis padres agradecieron el gesto, terminaron su recorrido y cuando ya se estaban retirando de la iglesia, se dieron cuenta que en ningún momento le dijeron a ese cura que venían de Chile y que además nada en su sus ropas o las cosas que traían indicaba que fueran chilenos. Iban sin guía turístico ni acompañantes y yo diría que físicamente los dos podrían pasar tanto por chilenos como por habitantes de cualquier otro país occidental. Por supuesto que pudo haber sido su acento o quizás alguna otra cosa lo que hizo al cura adivinar su nacionalidad, pero de todas formas quedaron muy extrañados y hasta el día de hoy cuentan la historia convencidos de que el cura adivinó con misteriosos poderes que ellos eran de Chile y se acercó para darles la especial misión de repartir esos santitos.

La foto del santito muestra al niño Jesús con la vestimenta de un rey, con una capa y corona doradas, en su mano izquierda sosteniendo el universo y con la derecha bendiciéndolo. Atrás, viene una oración de petición a Jesús que, sin ninguna expectativa, me ha dado suerte en distintos momentos de la vida, haciéndome sentir mejor como por arte de magia. Y justo cuando estoy terminado de escribir esto, mi madre, que se encontraba revisando álbumes viejos, me envía por WhatsApp la foto del niño Jesús de Praga que ella misma tomó con su antigua cámara fotográfica, de esas que usaban rollo.

¿Coincidencia? No sé, pero suficientemente misterioso para alguien que nunca pensó en tener un santito, así que desde aquí le doy las gracias a ese insospechado joven cura vestido de blanco, en la ciudad más bella del mundo. Les dejo la foto del santito y la que sacó mi madre de la estatua, y espero que les traiga a todos muy buena suerte.

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Categorías:Columnas

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