La “perfección” que nos persigue

annahill4_0Nos encanta ver en las películas como todo se ve perfecto; los paisajes con parques y cielos celestes, los barrios bien cuidados, los bellos actores, sus ropas nuevas y bien planchadas y hasta sus casas, perfectamente decoradas como si fuera la producción de una revista. Cada detalle fue pensado para atraer y la belleza sin duda nos encanta a todos.

Con Internet, el bombardeo de perfección es seguro y no es extraño que nos sintamos presionados o perseguidos por ideales inalcanzables. La selfie perfecta, la familia perfecta, la ropa perfecta, si las tenemos ¿dormimos mejor? Hay que responder con una mano en el corazón.

Quizás nunca hemos entendido nada sobre qué es perfección o belleza y peor aún, gustamos de obviar la distancia enorme con la vida real que tienen películas, revistas, publicidad o producciones de distintos tipos, que insisten en invitarnos a aspirar siempre a más.

Somos agentes de consumo y todo el tiempo hay algo que nos falta y que si llegamos a obtener tendremos que mantener. Las personas que prestan su imagen para un ideal también sienten la presión de tener que conservarlo. Así, por ejemplo un cantante mundialmente reconocido aceptará y se someterá a la dinámica de transmitir un espacio entre el artista y su público, que lo convierta inmediatamente en un objeto de deseo. Sus seguidores sentirán que mientras no lo tengan, lo quieren. Querrán ser como él, vestirse como él, ir a los lugares donde él va, etc. Así fue como los rostros de famosos se incorporaron a la millonaria industria de la publicidad.

Quedémonos con el ejemplo de las personas famosas. Todos sabemos que son iguales a ndescargaosotros, pero creemos -o nos hacen creer- que carecemos de algo para llegar a ser como ellas o al menos para calificar como uno de sus amigos o cercanos. Probablemente, de llegar a ser amigos con un rostro publicitario de nivel mundial, nos sentiríamos estafados por tanta expectativa que tuvimos para descubrir que esa persona es igual a uno mismo. Ya lo decía la emblemática actriz de la era dorada hollywoodense, Rita Hayworsth, protagonista de la exitosa película Gilda, cuando le preguntaron por sus fracasos amorosos: “se van a la cama con Gilda y despiertan conmigo”.

Hay algo en aceptar las cosas tal como son que no sirve para vender productos, y es que si empezamos a ver que siempre hemos tenido todo lo que necesitamos, ya nada vamos a comprar. Tampoco se trata de volver a la época de las cavernas, pero algunos nos sentiríamos tanto mejor si ya no tuviéramos que cumplir con ciertos estándares de perfección que parecen cada día más exigentes. Tengo que verme más feliz que ayer, tener más cosas que ayer y hasta tengo que estar más joven que el año pasado. Vamos a terminar todos como Benjamin Button, el de la película.

El premio Nobel de medicina brasileño Draúzio Varella, resaltó una paradoja en torno al hecho de que el mundo invierte cinco veces más en silicona para la mujeres y en medicamentos de virilidad para los hombres, que en la cura del Alzheimer. Dijo: “de aquí a algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven”.

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La familia sonriente y perfecta.

No nos puede sorprender que este bombardeo diario y constante de perfección termine enfermando, endeudando o empujando a las personas a un abismo. Pero nadie da el primer paso, no hay un alma que se atreva a ser la primera en cambiar de dirección, desobedecer los dictámenes de consumo, por un lado, y de valor personal, por otro.

Si seguimos valorándonos a nosotros mismos y al de al lado por lo que tiene o por su aspecto, y no por lo que es, contribuimos a denigrar la imagen humana. Hemos perdido la dignidad de valer por nosotros mismos y en este momento nuestra lista de cosas para comprar es mucho más larga que la de buenas acciones, sonrisas inesperadas, sueños o proyectos personales.

Queremos vernos y sentirnos bien, tenemos un ego y para algo está ahí, pero aprender a priorizar nuestro bienestar es una tarea personal que nadie hará por nosotros.

Hay una perfección que no tenemos que buscar, la del alma. Atender el alma, mirarnos los unos a los otros a los ojos y despejar el camino de todo lo accesorio, permite apreciar cualquier cosa bella que se nos presente sin ansiedad, en la medida de su condición y no como una meta.

Me refiero a ver a Brad Pitt en la pantalla grande, maquillado y digitalmente modificado, y disfrutarlo; ni envidiarlo ni desearlo. Así, los mensajes perfeccionistas seguirán existiendo -probablemente con las tecnologías de la información hasta aumente su frecuencia-, pero podemos incluso hacer buen uso de ellos si no nos convertimos en sus esclavos.

 

*Dejamos esta nota de la BBC donde se profundiza en las técnicas digitales de Hollywood para promocionar la perfección del aspecto de sus actores:

http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2015/05/150504_cine_hollywood_secreto_belleza_digital_jg

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Categorías:Notas y Entrevistas

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