Eso de saber tomar

bebidas-para-el-brindis-de-navidadMuchos creen que pueden controlar sus copas. Efectivamente hay quienes lo hacen, pero son los menos y el resto se divide entre una amplia gama de tipos de tomadores, obviamente siendo los peores los que definitivamente tienen cero control sobre lo que toman.

Estar en una comida y decir: “no gracias, no tomo”, es un imán seguro de todas las miradas. Una rareza, algo freak, porque el alcohol está asociado fuertemente a felicidad, entretención, socialización y relajo, un trabajo que la publicidad ha hecho exitosamente instalando esta droga legal en la vida cotidiana de las personas.

Un profesor que tuve hace años -de esos que son formadores más que profesores-, dijo en una oportunidad: “tomar alcohol es un suicidio lento”. La frase me llevó inmediatamente a la mente imágenes de las personas más bebedoras que conozco, haciéndome todo el sentido del mundo. Tomar puede ser un acto de evasión o negación de la vida en general o la propia existencia, y si bien es un hábito antiguo en la historia de la humanidad, hoy es el primer recurso y el más a mano ante cualquier mínimo problema.

Sabemos que el alcohol es una lacra social que destruye familias, relaciones y vidas (las muertes por alcoholismo superan las por VIH). Quienes no se están muriendo debido a este problema ni están totalmente en un hoyo de desesperanza, son tomadores frecuentes que para nada están planeando dejar de serlo, muy por el contrario. A donde vayas y hagas lo que hagas, siempre habrá alcohol involucrado de forma natural, como el aire que se respira.

Así, sentarse a conversar con alguien en su estado más puro y sobrio puede ser una misión casi imposible, algo pasado de moda si es que alguna vez existió, y es bastante raro que se reconozca. Me pregunto cuál es la diferencia entre una frase como “no soy alcohólico, sólo tomo un poco todos los días”, y una que diga “no me maltrató, mi marido sólo me empujó un poco porque yo lo hice enojar”.Alcoholismo

Si se es joven y se vive una etapa de libertad y adquirir experiencias, tomar resulta casi obligatorio, tanto como estar de fiesta hasta la madrugada o perder la virginidad, pero lamentablemente el alcoholismo se gesta en la adolescencia y hoy mata a 3,3 millones de personas cada año en el mundo, siendo Chile el país latino con mayor consumo, seguido de Argentina (informe de la Organización Mundial de la Salud).

Los estudios indican que una condición genética sería la responsable de tener mayor o menor propensión al alcohol, dejando de lado la tesis de que se puede “aprender” a tomar. Frases como “yo tengo buena cabeza y gran aguante” son pan de cada día, pero, ¿cuántas de las personas que dicen eso se convierten en el borrachito desubicado al terminar la fiesta? Uno tendría que mantenerse sobrio hasta el final para poder responder.

Quizás habría que dar vueltas las cosas. En vez de juntamos a beber para poder compartir entre nosotros, tendríamos que reunirnos y compartir un ambiente donde podría, o no, salir una copa para brindar. ¿Sería eso saber tomar? Como hablamos de una sustancia adictiva, creer que podemos manejarla sería absurdo, igual como lo es creer que porque se endurecen las normas en cuanto al manejo con alcohol y hace un año sale en Chile la ley Emilia como respuesta a terribles accidentes fatales, se soluciona el problema.

Más allá de la total libertad con la que operan las empresas vendedoras de alcohol, en la vida misma hay algo que hace falta en términos de educación que no se trata necesariamente de prevención, sino de valores profundos tales como el autoestima, la espiritualidad, la voluntad, el compartir o el respeto por uno y por el entorno.descarga (1)

Si le decimos a un niño que la vida está llena de problemas en la misma medida que está repleta de cosas maravillosas, y que eso es esencial y no hay ninguna necesidad de taparlo, lo dejamos sin mayores razones para evadir lo negativo, es más, podría hasta reírse de aquello. Si le decimos también que tal como él es ahora mismo es más que suficiente y no tiene que cambiar nada, o que tiene la total capacidad de controlar sus emociones y no hace falta sucumbir ante la tristeza o la rabia y que si siente alguna debilidad y la reconoce -genética o no-, puede dominarla, otro gallo cantaría.

Suena como un desafío utópico. En la notable película “Un guerrero pacífico” (disponible en Youtube), el maestro debe instruir a su joven discípulo y para hacerlo lo lleva a un bar. El chico se indigna porque no comprende que su guía pida un trago en la barra mientras deberían estar practicando la voluntad. El maestro bebe un par de sorbos, prende un cigarrillo, lo fuma hasta la mitad y se va. Rápidamente, el alumno se sorprende de haber captado la enseñanza: su maestro fue capaz de disfrutar por un momento, tomar el control y parar donde había que hacerlo. Sabe que si toma más, cae preso de la bebida porque podría resultarle adictiva. Incluso confiesa que le gusta.

Uno es parte de una sociedad con determinados hábitos, y puede aprender a vivirla en control con lo positivo y lo negativo, siendo a la vez capaz de aportar a ella. Hay paradojas como el alcohol, que es considerado positivo pero su efecto es negativo, pero si tenemos eso claro quizás ahí recién podríamos estar hablando de saber tomar.

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