Las marcas de un viaje

Cuando volví a mi país del viaje más largo que he podido realizar, fue muy marcado el cambio que se generó en mí; no sólo porque tenía una edad en que pasaba de la juventud a la adultez, por así decirlo, sino también porque una serie de factores en mi vida iban a mutar y mejorar gracias a ese nuevo ángulo que me brindaba el vivir en un lugar ajeno a todo lo que conocía.

Tenía 26 años recién cumplidos y me fui a Londres por seis meses con el objetivo de estudiar. En Europa la educación no tiene nada que ver con los cinco años de carrera que se pagan en Chile, hay postgrados de meses de duración que son los más prestigiosos del mundo y la vida universitaria es dinámica y apasionante. Se trata además de la capital del mundo, donde todo ocurre y se marca una pauta para el resto de los países en cada ámbito, desde lo artístico, pasando por lo político, hasta lo comercial o social. Todo lo que estaba ocurriendo allá pasó años después en Chile, un lugar que es literalmente el fin del mundo desde cualquier forma en que se le mire, lo que hacía de este viaje algo brusco y extremo.

Mi partida fue rápida, todo lo armé en unas semanas, era un momento de ahora o nunca y francamente no se sentía como el mejor instante para un viaje que me hubiera gustado pensar más, planificar mejor. Si no se hubiera presentado la posibilidad, lo más probable es que yo no la hubiera buscado en ese tiempo, aunque sí era un sueño que en el futuro cercano quería concretar. Parecía como si de un minuto a otro estuviera frente a mi y sabía que eraimages una opción que había que tomar.

Recuerdo que en esos años el ministro de cultura inglés estaba dando conferencias sobre el multiculturalismo y delineando una estrategia que permitiera a las diferentes razas y etnias vivir en armonía a la vez que limitaba la inmigración desatada que tenía a la urbe colapsada. Las rentas capitalinas comenzaban a tener precios impagables y se terminaban de formar las dos clases que actualmente viven en la ciudad: los ricos y sus sirvientes. El resto debía permanecer en las afueras y desde ahí trasladarse para trabajar, pero incluso así costaba encontrar un lugar.

Mi atención y mi concentración estaban al máximo para captar todo ese tipo de acontecimientos, me mantenía en permanente estado de alerta y absorbía todo como una esponja, mis días necesitaban más horas para terminar de hacer todo lo necesario y no podía dejar de sacar el mayor provecho. Hubo jornadas malas y otras buenas, pasé momentos complicados de completa incertidumbre, vacío total, y otros lapsos donde encontraba un símbolo, una luz, un buen amigo o una buena enseñanza.

Cuando tomé el avión dejaba muchas cosas atrás aunque no lo sabía; una forma de vida, patrones automáticos, creencias cerradas, prejuicios copiados y relaciones tóxicas de todo tipo que me estaban matando por dentro y no me daba cuenta. La distancia me ayudó enormemente para romper con todo lo que no quería para mi vida y se creó sin que lo supiera un antes y un después que sólo noté años más tarde. Estando lejos, pude mirar y conocer mejor a mi familia y mi forma de relacionarme con sus miembros, me di cuenta de amistades que no eran lo que yo creía y de amores que no iban en la dirección que me convenía. Al mismo tiempo, experimentaba una cultura diferente y mis conceptos se caían. Fue una mezcla muy rica y podría decir que siempre la estuve añorando, buscando. No afirmaría que adopté nuevos conceptos, sino que al conocer nuevas ideas se alejaban las ganas de catalogar algo de correcto o incorrecto. Eso ya no tenía ningún sentido.

Enfrenté nuevos desafíos,  hice amigos, me hice cargo de todas mis cosas, mi lavado, mi comida, y aunque antes de eso estaba lejos de ser una holgazana, de todas formas me encantaba la independencia de no contar con nadie más para lo básico. Tuve que cambiarme tres veces de alojamiento y recuerdo como estaba con las maletas en la calle diciéndome “yo puedo con esto y más”. Tenía el apoyo permanente de mi familia a distancia y tuve compañía un tiempo, no estaba completamente sola, de inmediato me contacté con una chilena conocida de una amiga y ella me ayudó a moverme por la ciudad, pero igual todo era desconocido e incluso el idioma, que manejo desde pequeña, me significaba una barrera, ya que no es lo mismo ver una película o hablar en otro idioma durante el tiempo que dura una reunión, que estar todo el día pensando y viviendo en un lenguaje que no es el tuyo. Las costumbres cambian, los ritmos y hasta el humor son diferentes de país en país.

Todo fue tremendamente enriquecedor y los beneficios se tradujeron en mucho más que el estudio mismo que motivó el viaje. La ventana que se me abrió iba tanto más allá de la experiencia de vivir en un lugar más avanzado y con mayor historia, cultura, arte o educación.descarga

Al principio escribía eternos mails a mis amigas porque precisaba contar y expresar lo que estaba pasando, pero de a poco esa necesidad se apaciguó. Las cámaras en los computadores eran una opción pero no la llegué a utilizar. Al cabo de un tiempo, me consideraba en casa y fue muy difícil abandonarla una vez que hubo que partir. Era uno de los destinos más caros del planeta -conocer el estilo de vida de las personas que habitan Londres me impactaba todos los días-, y no podía seguir por más tiempo manteniéndome así que sumando otras razones más, finalmente me decidí a volver.

Cuando regresé a mi país (que profundamente amo y respeto), obviamente todo me pareció distinto y mis ojos ya no se sentían los mismos, no podían serlo. Fue revelador conocer esa capacidad que tenemos de ensanchar la mirada hasta el infinito, llenarnos de nuevas experiencia, información que desconocemos y que luego aceptamos y valoramos. Eso me pareció particularmente valioso, más que los lugares que conocí, la gente o las experiencias.

Como era de suponer, ya no podía vivir con mis padres, simplemente imposible, y comencé de a poco a organizar mi nueva vida, más a mi modo, con la madurez de una visión más sabia que me permitía confiar en mi. Ahora me conocía más y eso es algo a lo que no puedo ponerle precio. Han pasado siete años y la ganancia aún se sigue desarrollando, como si el viaje hubiera dado pie para que un proceso de crecimiento comenzara.

Hoy, cada vez que puedo, me lanzó feliz a cualquier viaje espontáneo o desconocido con el afán de sorprenderme del mundo y de mi misma. El temor que alguna vez sentí se transformó en un valor. Mirar hacia afuera ayuda además a agradecer la vida y lo que nos ha dado y a sobreponernos de lo malo.

Dicen que a donde vayas, siempre te llevas a ti mismo, por eso no hay que viajar sólo para escapar. Yo no tenía idea que estaba escapando de algo cuando me fui con lágrimas en los ojos por un montón de cosas que me tiraban para quedarme y que únicamente después reconocí que no tenían realmente la importancia que yo les daba. Pero yo sí logré escaparme al fin de ser alguien que no quería ser, y encontrarme con lo que podía llegar a ser. Las posibilidades eran infinitas, aún lo son, sigo en mi propio viaje interno, pero hoy esa joven que se subió al avión es una completa desconocida y no pasa un día en que no dé las gracias por eso.

Por: U. L.

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Categorías:Columnas

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1 respuesta

  1. muy buen post..!!

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