La persona histérica

¿Puede haber algo más inútil que esa persona que grita cuando hay temblor? Es la misma que grita cuando pasa cualquier otra cosa, en vez de reaccionar, ayudar a otros o simplemente no molestar con su quejido infructuoso. En una ciudad como Santiago, el temblor de ayer es algo tan común como el esmog o el tráfico, pero hay quienes no lo quieren entender y hacen de un pequeño temblor una tempestad en un vaso de agua.

¿Es imagesmuy exagerado si digo que me gustaría que toda esa gente asustadiza y chillona viviera en la misma ciudad, ellos juntos con sus gritos y dejaran de joder al resto?

No me voy a hacer la valiente; para febrero del 2010 tuve el corazón en la boca durante todos esos largos segundos donde intentaba no caerme para salir del edificio con mi madre histérica que me tiraba del brazo (gritando) mientras todos los adornos se caían al suelo y en pijama (recuerden que fue a eso de las 3 am) buscábamos las llaves del auto para subir el cerro de un balneario de la quinta región, a donde habíamos llegado para descansar en pleno fin de semana de verano.

Todo lo que vino después fue mucho peor; desde ir averiguando el desastre del tsunami en otras ciudades hasta tratar de dar con mi hermano que estaba en una discoteca subterránea, mientras pasábamos a buscar a mi abuela anciana a otro edificio para arrancar todos juntos de la costa. Mi tío, que vive en Constitución, perdió su casa por completo, no quedó nada y por poco él y su familia no logran escapar porque con la oscuridad y los nervios no podían abrir el candado de la reja. Desde ese terrible desastre natural mi corazón late más fuerte que un tambor con cada nuevo temblor, siento cómo la fuerza de la tierra me supera sin importar lo que haga y además recuerdo cómo cada terremoto grande que he vivido ha significado grandes cambios en mi vida, como una especie de extraña sincronía. Pero así y todo, ponerme a gritar en una esquina me parece la opción menos acertada.

Imagino qué pasaría si en vez de un temblor viniera un nuevo mega terremoto y las personas que pueden gobernarse y evacuar como corresponde, tuvieran que devolverse y enredarse socorriendo a las personas más histéricas, gritonas y desconsideradas. Cuando digo esto muchos me atacan y dicen que esa gente no puede controlarse y que es una reacción normal, y yo lo comprendo bien, pero para algo se hacen simulacros. Uno debe intentar superar sus limitaciones, sobretodo si afectan al resto. Yo veo egocentrismo en este tipo de actitud mientras otros ven vulnerabilidad, pero eso me revienta porque no estamos hablando de discapacitados o niños, sino de gente que no quiere aprender a gobernarse y punto. Son las víctimas de todo, el florerito con necesidad de atención constante.

En una de las réplicas fuertes del 2010, estaba en mi oficina del piso 8 en uno de los edificios más antiguos de la ciudad y una compañera de trabajo comenzó a gritar fuertemente, nos acercamos a ella pero no se movía de su silla, no atinaba. Yo habría llegado hasta mi casa en todo el tiempo que demoramos en agarrarla y bajarla por las esdescargacaleras, fue un escándalo. Me dio pena, obvio, estaba verde la pobre, pero los demás estábamos tan asustados como ella y creo que muchos incluso traumatizados por lo vivido en febrero. Las personas con hijos, abuelos, etc, se cuidan y se preocupan de estar bien porque tienen responsabilidades mayores, y me dio mucha rabia que esta mujer decidiera ser el centro de atención de un problema que involucra a todos.

Es como cuando hay alguien que hace una estupidez y pagan justos por pecadores. Un amigo que también estaba en la playa me contó como un amigo de él se fue corriendo a la arena para ver en cuántos metros se había recogido el mar. Mi amigo lo perseguía desesperado -ambos borrachos a esas alturas de un sábado por la madrugada- pero él le decía violentamente: “déjame, quiero ver, suéltame”. Mi amigo decidió que, como no podía golpearlo para disminuirlo porque había una notoria diferencia de tamaño, lo mejor era soltarlo y partir cerro arriba. Me dijo: “me imaginé que con esa acción más drástica él se asustaría y me seguiría, pero no lo hizo. Me pregunté por qué debía arriesgarme por una persona que me arrastra con él a un posible desastre y no tenía muchos segundos para pensarlo…A veces me arrepiento y otras creo que lo volvería a hacer”. Finalmente, no hubo tsunami en el litoral donde ellos se encontraban, pero bien pudo haberlo habido y la irresponsabilidad de uno los hubiera matado a los dos.

Hay otro lado de los terremotos que en cierto modo me gusta, y es la fuerza de la naturaleza manifestándose. Siento que está viva y que cualquier cosa que haga es para mejor porque ella sabe más. Sin embargo el dolor que he visto no sólo en mi país, sino en Haití, Japón y otros lugares que han vivido cosas similares, me desmorona. Hoy, sin importar qué esté haciendo, no me inmuto por menos de 6 grados Richter, porque ya sé lo que mi ciudad puede aguantar, pero por dentro de todos modos rezo para que cada pequeño temblor  pase rápido. Pienso que si alguien se cayera tratando de escapar, o si veo a un apersona que se queda atrapada o algo así, me devolvería sin dudarlo y que sea lo que Dios quiera, pero no me desviviría auxiliando a un histérico (a). Juzguen ustedes.

Por: R. Sugar.

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