Cine chileno: La memoria del Agua

11200760_10152885981556065_1367871318951054830_nEstá siendo muy anunciada y comentada por todos los medios en estos días, tanto que me dio temor que fuera demasiado bombo a priori. Partamos inmediatamente por el protagonista, el actor chileno Benjamín Vicuña, quien tomó el papel de Javier, un hombre casado que pierde un hijo, una situación muy similar a lo que le tocó vivir en la vida real con su pareja hace unos años, lo que seguramente llama a mucho público morboso, por un lado, mientras que por otro deja ver cierta provocación de Vicuña, que no se debe confundir con valentía. La opción de ir a pedir el papel -y de dárselo, que tuvo el director chileno, Matías Bize-, juega en contra del resultado porque la actuación resulta contenida y el espectador no puede evitar comparar la ficción con la realidad. Da la sensación de que tanto Vicuña como Bize tienen miedo de dejarse llevar por la historia, de que haya demasiadas semejanzas o de que se caiga en un dramatismo fácil.

Es una gran tontería temer al desarrollo mismo del argumento; una pareja que lucha por no desmoronarse ante la pérdida de un hijo, escenario que difícilmente puede ser más doloroso, pero el personaje de Vicuña no lo quiere demostrar. Encima, las opciones de cámara del director no ayudan cuando nos da demasiadas tomas del cuello de Javier, su oreja, su perfil, su torso, ¡es como si la cámara no quisiera toparse con sus ojos! Es un tanto absurdo que se haga la película (que el autor llama largometraje) para que la cámara esconda a los personajes. Si es debido a una timidez de Bize, que porfavor se la guarde para cuando no esté filmando, porque los ojos de Javier son lo único que necesitábamos ver y estuvieron esquivos durante gran parte de la historia.

Vicuña es un actorazo, se pasea por la comedia y por la acción sin problemas, sin embargo con respecto al drama queda un poco ajeno, sus expresiones muchas veces no dan con el tono de lo que está sucediendo y el espectador lo nota intentando. Su mujer, Amanda, a cargo de la española Elena Anaya (ganadora del premio Goya por su rol en “La piel que habito”, de Almodóvar), debe por esto tomar mayor importancia, aunque quizás debido al guión tampoco lo logra y queda todo bastante cojo.

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El director Matías Bize.

La carrera de Vicuña es interesante porque ha tomado tanto proyectos independientes como roles que aseguran cierto nivel de éxito, pero meterse a jugar de sí mismo le pilla la cola en esta cinta, y quizás la culpa sí sea repartida con Bize, pero él debió buscar la forma de darle carácter a su personaje si quería tomar el desafío. Y es que incluso cuando Amanda entra en pantalla, sigue existiendo una barrera ante el dolor que están sintiendo los padres de este niño ahogado en una piscina, y sólo al final logramos conectarnos -si es que puede uno conectarse a semejante drama-, con el interior de ellos, de sus cabezas.

Todo empeora cuando Bize decide nunca explicar bien qué sucedió exactamente en la piscina y además realiza sistemáticos cortes a la mayoría de los diálogos y situaciones, algunas de ellas gratuitas, como un desnudo de Javier que no aporta nada. Hay escenas que sobran  y otras que faltan; mi duda es ¿cuál es la idea?

Si no se quería provocar un llanto fácil, ¿para qué hablar de la perdida de un hijo? Si se quería tocar el tema de todos modos, corriendo el riesgo de jamás poder reflejar lo que algo así significa, no se entiende el abuso de ciertos elementos y el desaprovechamiento de otros. El título del film es muy sugerente, sin embargo no se profundiza en la trama, apenas se roza el tema del agua. Incluso el casting de algunos actores no se comprende, por ejemplo el de Néstor Castillana, da la impresión de que hubiera sido completamente random, porque su persona actoral no calza con la misión del personaje.

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El actor chileno Benjamín Vicuña.

Bize ha hecho antes cosas así de ambiguas, como “En la cama” y “La vida de los peces”, quedando siempre como un novato en lo que a manejo de conflicto se refiere. Pero es también común en el cine chileno en general, lo de caer en espacios demasiado reales con exceso de libertad, como irse a dormir o a lavarse los dientes. Puede haber espacios donde está bien que no ocurra nada, pero debe existir un por qué para eso. No es provocativo ni irreverente como quizás muchos creen que es el cine chileno, al contrario, hacer algo así disminuye sentido y la provocación debe crear un sentido.

Hay detalles interesantes, como que Amanda no se suelta el cabello sólo hasta el final o que su nombre no se pronuncia hasta muchos minutos entrados en la película, pero estas cosas se pierden en la incapacidad que tiene el director de hilar una idea. A pesar de todo esto, no es menos cierto que hay algo en Matías Bize con olor a promesa, casi como una adolescencia que al madurar podría sorprender gratamente, lo que se adivina por cosas como su pulcra imagen o su intención de tocar lo obvio y mostrarlo artísticamente.

En la última parte del film, una conversación sobre el sentido de la vida, aunque parece rígida, es refrescante y con líneas bien pensadas que por fin dan gruesos rayos de luz. Y bueno, se muestra con generosidad el paisaje chileno, que vamos a estar todos de acuerdo, es insuperable.

 

Trailer La Memoria del Agua:

 

Por: Hache.

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