Los alcances de ser donante

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El libro sobre el túnel y el bardo, del psiquiatra chileno Sergio Peña y Lillo, cuenta la experiencia de pacientes que habían estado al borde de la muerte o clínicamente muertos y que bajo hipnosis relataron los instantes después de morir; qué ocurre cuando se deja el cuerpo y la entrada a la vida espiritual. El cuerpo queda aquí, lo sabemos, pero ¿es por eso sólo materia con la que no tenemos nada que ver? El libro no ahonda en aquel aspecto, pero concluye que al morir nos separamos de nuestro cuerpo físico sin sentir apego a él, como si no fuera más que un traje temporal.

Sin embargo existen dudas sobre si ese desapego, ese término de la relación con el cuerpo, puede ocurrir si parte de éste sigue con vida. El cuerpo propio es único, jamás ha existido ni existirá otra vez. Todo lo que viviste está impreso ahí, la forma en que funcionó la máquina y las cosas que le ocurrieron. Los científicos tienen mucho que decir sobre donación de órganos, otro tanto podrán decir los religiosos, pero lo cierto es que no existen certezas sobre la conexión que tienen cuerpo, mente y espíritu una vez que fallecemos.

Dicha relación ha sido tema analizado por siglos, con algunas teorías iluminadoras pero en definitiva sin ninguna prueba de nada. Cuando se habla de donar órganos nos metemos directamente en la creencia personal de la relación que tenemos con nuestro cuerpo y en esto, como en todo, cada uno se crea una opinión de acuerdo a lo que haya aprendido en su vida.

Pero como eso que aprendemos no es necesariamente cierto, donar o no donar órganos es una decisión basada en nada más que nuestras convicciones. Cuando se llama a donar órganos en medios de comunicación, inmediatamente podemos imaginar cómo ambas personas, el que donó y el que recibe, quedan conectadas y enlazadas de una forma cuyos alcances no conocemos. Quienes se muestran dispuestos a donar por la razón que sea, muchas veces son vistos como sensatos porque estamos todos de acuerdo en que mañana nos podría tocar a nosotros, pero si estuviéramos en la situación de estar necesitando un transplante, ¿cabría preguntarnos si no sería mejor dejar que la vida tomara su curso natural? Un resfrío lo atacamos sin pensarlo dos veces, pero una enfermedad que amenaza nuestra existencia nos obliga a cierto análisis de la situación.

A veces se usan eslogans como “donar órganos es donar vida”, que se toman como verdaderos con una ligereza que impresiona. Ni siquiera conocemos los alcances de la vida misma y hay quienes pretenden saber cómo se dona vida. A ratos parece que todos quisiéramos hacernos los héroes y donar porque eso es lo que nos dicen que corresponde hacer. Hay mucho de moral en esto de llamar a donar, pero ¿como se sabe qué es lo moralmente correcto si no conoce todo lo que un acto abarca?

Puede ser que el instinto de sobrevivencia sobrepase cualquier creencia y habría que vivir la desesperación de una muerte anunciada para juzgar a quienes reciben, tanto como a donacion-de-organosquienes donan. Efectivamente estamos prolongando una vida al donar, pero¿a qué precio? Hay quienes no sienten que sea algo natural traspasar sus órganos a otra persona, tanto como podrían sentir que no es natural el incesto o la zoofilia, sólo por poner un par de ejemplos. Lo sienten incorrecto.

La palabra sentir es especialmente interesante, porque viene del corazón y de todos los transplantes que se pueden hacer, el del corazón es el que más conflictos presenta. Este es el órgano más misterioso y fantástico que poseemos y su capacidad, altamente mayor a la del cerebro en términos magnéticos y eléctricos, es desconocida e insospechada. Quizás no será siempre así y llegará el día en que sepamos bien cómo usar este órgano que nos comanda como seres, pero hasta hoy su misterio es más profundo que las profundidades recónditas de un mar.

El transplante de corazón es además una cirugía de alta complejidad, donde más allá de todo lo que acompaña una de estas operaciones -para las que el cuerpo es medicado con el fin de que las defensas no rechacen al nuevo órgano desconocido, entre otras cosas- el corazón del donante debe ser mantenido artificialmente con vida hasta el momento mismo de la operación. Esto crea un dilema importante y han existido familias de personas fallecidas que han reclamado que su pariente se encontraba vivo en el momento en que le fue quitado su corazón. ¿Qué consecuencias puede traer que suceda algo así? Los expertos de salud no lo saben y es como si nadie lo pudiera responder. Hay una especie de gris que no queda claro, puede ser porque nadie lo comprende o porque la verdad podría cambiar las cosas.

Podría ser que donar o recibir un órgano afecte negativamente el camino que se supone debemos recorrer como seres humanos. Algo podría cambiar en ambas personas involucradas que confundiría los destinos de una y otra, haciendo que haya una pérdida o un daño. Nada de esto puede ser estudiado o comprobado desde el punto de vista de quien deja el mundo, pero sí se conocen casos de quiénes han recibido un órgano y comenzaron a experimentar cambios en su vida directamente relacionados con el donante. Estos curiosos casos suelen esconderse para no afectar la decisión de donar de las personas. Individuos que no sabían tocar un instrumento determinado ahora pueden hacerlo, o alguien que nunca ha estado en un lugar específico conoce ya su geografía, diseño y hasta recuerda a personas que viven ahí, que él nunca ha visto antes con sus ojos. Suena inofensivo, pero de ser cierto, ¿qué otras cosas estaría esa persona recibiendo que pudieran afectarla, y qué le estaría faltando ahora a la persona muerta?

dxLa tecnología y la ciencia nos permiten meter las narices donde antes nadie había podido interferir y con una mente abierta podríamos decir que si se ha dado así, entonces así debe ser. Pero uno tiene que reconocer que sabe muy poco sobre el destino y menos sobre el deber ser. Hoy podemos clonar seres humanos, pisar otros planetas, extraer del fondo de la tierra minerales y usarlos cómo nos parezca, pero ¿sólo porque se puede hacer significa que hay que hacerlo? ¿Cómo medir las consecuencias? Hay en el aire un tono mandón y de tener la verdad indiscutible sobre los beneficios de donar órganos, atribuyéndole nobleza al acto, pero ¿cuánta ignorancia hay en ese tono?

Sabemos que todo acto tiene consecuencias y poner tu corazón dentro de otra persona, sin duda tiene sus alcances. Se quedará una parte de ti viviendo cuando el resto ha muerto, ¿qué significa eso? Si decimos que no somos materia, sino espíritu, ¿decimos al mismo tiempo que por eso no estamos en nuestro cuerpo impresos con toda nuestra huella?

Discutiendo esto entre amigos, uno hizo la pregunta de cajón: ¿qué podría tener de malo que algún aspecto tuyo pasara ahora a ser parte de otra persona? O bien, ¿qué podría tener de negativo que algún aspecto de otra persona pasara ahora a ser tuyo. Puede que no sepamos qué hay de bueno o de malo, pero sabemos que ya no serías lo que eras. El órgano trajo consigo aspectos novedosos que sacó de otra parte, como una interferencia artificial que podría o no incidir en quién sabe qué. Y para quien se fue, lo que sea de sí que está en ese órgano, ya no lo tiene más.

Los médicos -sobretodo los occidentales- y los científicos, estudian y explican lo que ocurre con el cuerpo, pero desconocen su lazo con el espíritu. Eso no es parte de su estudio de medicina, el espíritu fue dejado a las religiones y en el 2015 parece como si hablar de espíritu fuera algo esotérico. Afortunadamente, hoy se habla de emociones, sentimientos, recuerdos o sensaciones y sus efectos en el cuerpo están comprobados. Pueden sanarnos o enfermarnos, es decir, pueden afectarnos. ¿Se puede por eso decir que el espíritu podría afectarse de lo que ocurra con el cuerpo? No lo sabemos, pero si nuestra salud mental puede afectarse de algo que experimentó el cuerpo, produciendo un estrés post traumático, bien podría ocurrir que el espíritu sufra consecuencias también.

Los médicos orientales, chinos, de ayúrveda y otras ramas, sobretodo en la antiguedad, rimageselacionaban todo entre cuerpo y alma, asegurando que están tan íntimamente ligados que no pueden sino influenciarse para bien y para mal. Lamentablemente no hay literatura sobre en qué queda esa relación una vez ocurrida la muerte física, igual como hace 15 años había poca literatura sobre el efecto de Internet en las personas. Hoy podemos hacer transplantes de órganos porque el mundo fue cambiando y dando nuevas opciones, pero las consecuencias no las sabemos aún.

Otra de las implicancias de donar órganos, es que existe tanta demanda que se ha hablado de casos donde los médicos no hicieron todo lo posible para salvar la vida de una persona, para así poder hacer el tranplante de sus órganos a otra. Esto los beneficia en trabajo, les reporta dinero y estimula que existan más donaciones. Para qué decir el tráfico de órganos; se conocen casos de médicos que recibieron a una persona grave y no le dieron el tratamiento indicado, provocando su muerte por causas naturales y comprometiendo un transplante con esos órganos. Estamos hablando de médicos que existen para salvar la vida de las personas, pero se puede poner incluso peor, existiendo bandidos que matan personas para vender sus piezas como viejos automóviles.

Por estos días, anda dando vueltas un video de la campaña de una fundación argentina pro donación de órganos, donde un perro pierde a su amo, quien pasa a mejor vida en la sala de urgencias de un hospital. El fiel animal está afuera en la calle esperando, sin saber que los órganos de su amigo fueron puestos en una mujer. Cuando la mujer sale del hospital, el perro -que nunca la ha visto en su vida- corre a saludarla como si se tratara de su verdadero amo. Para el perro no había ninguna diferencia, ahí estaba el hombre que lo cuidó y crió y el video sugiere sutilmente que la mujer que recibe los órganos, también reconoce al perro de vuelta. El único detalle es que su amo está muerto. ¿O está vivo?

El video se viralizó y fue muy bien aceptado en su planteamiento. Las personas encontraron que era una ternura de campaña, pero habría que ir un poco más allá de la anécdota y preguntarse qué diablos está ocurriendo. No es terrible decirlo, es simplemente la situación actual: no sabemos si estamos intercambiando ayuda o si estamos interfiriendo en la naturaleza de la vida y su sabiduría divina que nos compone.

Aunque todos, como ese perro, contamos con la intuición; esa guía interna que nos queda cuando debemos tomar una decisión difícil y no hay nada más a qué echarle mano. Algunos intuirán que donar órganos es efectivamente donar vida, y habrá quienes intuirán que no somos nadie para donar vida.

En algo en lo que todos podemos estar de acuerdo, es que estamos viviendo en un aire neurótico de perpetuar la vida sin demasiado sentido y de prolongar la juventud hasta límites enfermos, con lo que se benefician principalmente las industrias de belleza  y medicina. ¿Cuál es el fin? Tenemos un1215079687265_f problema tal con la muerte, que haríamos lo que fuera si nos ayudara a evitarla, con una certeza inamovible de que no hacerle frente es lo mejor. Hasta ahora nadie ha podido evitarla, pero seguimos arrancando de ella y no somos capaces de hablar sobre la muerte en la mesa o discutirla fluidamente como se discute hoy sobre el nacimiento. No deja de ser curioso que estemos dispuestos a meter dentro de nuestro cuerpo pedazos de cuerpos ajenos como si nada, a la vez que evitamos conversar sobre nuestra finitud como seres.

Hay algo que no anda bien si la muerte aún nos hace temblar. Siglos de aprendizaje y todo lo que hay es misterio. No hay una campaña viral de una fundación que enseñe a enfrentar la muerte, a prepararnos para su inevitable llegada. Quizás algo así podría sacarnos de nuestra ignorancia y hacernos pasar de la intuición a algo más, como lo intentó hacer el psiquiatra Peña y Lillo y tantos otros, que han querido estudiarnos como especie.

Un diáologo abierto sobre la muerte, como quizás existió hace mucho tiempo atrás en las plazas de las ciudades del mundo, podría servirnos para comprender mejor lo que hacemos, no con la idea de prohibir la donación de órganos, que es una alternativa legítima para quien la quiera tomar, sino con el fin de adquirir conciencia sobre decisiones delicadas que involucran vidas. Podemos interferir en la llegada de un ser humano y podemos interferir en su ida. Esa mano que se mete, ¿cuánto sabe?

 

Por: Revista Humana.

*Campaña argentina de la Fundación Hepático Argentina:

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