El estigma de perder el rumbo

es la fugura mas usada, golpear fuerte para avanzar y ser golpeado de vuelta hasta sernockeado, rocky hizo su parte y hpy grandes exitsoss en sus ámbitos ocmoalexis citan esta película

Toda depende de cómo se mire; hay quienes creen que fracasar es algo negativo de lo que uno debiera avergonzarse, pero cada vez se habla más de los beneficios del fracaso como una enseñanza, una guía para no caer en los mismos errores y aprender a conocernos como individuos únicos.

Puede ocurrir que cuando estemos pasando por uno de esos malos momentos de la vida, la misma gente que antes nos alabó cuando todo andaba bien, ahora quiera patearnos justo cuando estamos en el suelo, pero en ambos casos eso demuestra su valor humano y lo más probable es que no valga la pena rodearse de este tipo de personas.

Una imagen clásica del fracaso podría ser la del boxeador en el piso, noqueado por su rival después de una difícil pelea. Esta pudo ser una pelea para la que nos preparamos y en la que pusimos el 100%, pero incluso así hay veces en que se pierde, momentos en que no vimos el golpe que venía o no pegamos donde había que pegar cuando hubo chance. Hasta puede ocurrir que el árbitro este comprado; todo puede pasar en el ring de la vida.

En la exitosa película Rocky, el protagonista acepta una pelea para la que se prepara con total dedicación, sin embargo no tienen certezas y a ratos se pregunta qué está haciendo. Sin embargo, es la escasa fe de los otros en él, lo que lo empuja a ganar, haciendo de ésta una historia no sobre boxeo, sino sobre respeto personal. Su ego entra en la ecuación y Rocky decidirá creer en él mismo para nunca más ser pisoteado.

Hace unos días, el ídolo del fútbol chileno, Alexis Sánchez, escribió en su cuenta de Instagram descarga (1)esta frase de Rocky: “ni tu, ni yo, ni nadie golpea más fuerte que la vida. Pero no importa lo que fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte, y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar. Así es como se gana”. El tocopillano es frecuentemente usado como un ejemplo de éxito en circunstancias en que todo estaba en su contra. Si bien muchas cosas se dieron y el resto lo puso él con su esfuerzo, todo podría haber salido mal.

El dicho es: hay que arriesgarse para cruzar el río, ¿entonces por qué el fracaso es tan mal visto? Podríamos verlo como todo lo contrario; las personas que se equivocan mucho, están buscando ingeniosamente un camino y por cada caída acumulan más y más expertise. Lamentablemente existe una tendencia marcada y que no perdona, que obliga al éxito rápido y fácil que nos desespera y nos llena de ansiedad.

“To make it”, dicen los gringos, cuyo lema es “to make money and to have fun”, el fin más enfermo que pudieron haber elegido. Cuando estamos en una reunión social, es obligado el tema de cómo están los otros, en que cargos y con qué sueldos. Esta persona “la hizo”, se comenta sobre la historia de algunos pocos que han logrado éxitos envidiables, deseables a los que todo el resto aspira. Actualmente somos aspiracionales, ambiciosos y queremos estar mejor, pero difícilmente el camino se verá despejado.

Está plagado de libros sobre recetas para convertirse en millonario o historias de personas que pasaron del suelo a la cima, y aunque muchos de ellos vivieron grandes fracasos antes de darle el palo al gato, sus historias nos hacen creer que debemos compararnos con los grandes personajes actuales, los Steve Jobs de esta época, apelando a un éxito muchas veces irreal del que ya se está hablando seriamente. Un libro imperdible al respecto es “La Sociedad del Cansancio” de Byung-Chul Han, y todos los de este escritor coreano-alemán súper ventas, que critica las exigencias de un sistema que nos está matando tanto física comdescargao espiritualmente.

Es lógico pensar que con metas irreales, caeremos muchas veces, pero hay algo más terrible; que al caer se nos estigmatice como perdedores o estúpidos. Que nosotros mismos creamos que efectivamente es así y no le demos un valor a nuestro esfuerzo. A veces los logros no son visibles para los otros y nadie nos podrá alabar, pero pueden ser gruesos y sólidos toda vez que contribuyen a mejorar quienes somos en el fondo.

Por ejemplo, aprender en quién confiar, aprender sobre nuestras capacidades y talentos, aprender a escuchar, a priorizar, a balancear. La vida es un arte y es armónicamente imperfecta. Si todo lo medimos en cosas, en cuentas bancarias o en posiciones, ¿qué quedará del ser humano? Habría que preguntarse qué tiene más valor; una sonrisa en medio de la tormenta o el cansancio después del esfuerzo. Probablemente ambas cosas son igualmente valiosas, mientras tengamos claro quién puede darnos a nosotros un determinado valor. Una vez escuché una frase que me marcó para siempre: “la única persona que podrá juzgarte eres tú mismo. A la única persona a la que deberás rendirle cuentas al final de tu vida, es a ti”.

Una persona llena de fracasos, que mantiene una actitud positiva y alimenta su espíritu de aventura a pesar de los errores, podría ser alguien que ha perdido el temor que trae la desconfianza. Si después de tantos fracasos sigues en pie, ya nada podrá aniquilarte. Perder el rumbo en esta vida es una obligación y si pudiéramos compartir más las experiencias de fracaso sin poner los prejuicios por delante, aprenderíamos más los unos de los otros.pensando1

La enseñanza oriental “cometa errores nuevos”, nos invita a no tropezar dos veces con la misma piedra, pero al mismo tiempo nos informa que vendrán más caídas y que de todas ellas siempre habrá algo que aprender. Si ves a una persona derrotada, desesperanzada o perdida, espera. Es sólo cuestión de tiempo, no es necesario presionar porque nada cambiarás.

Los altos y bajos de la vida deben ser aceptados como el día y la noche, como el frío y el calor; eso es sabiduría. Los estigmas no hacen más que destrozar el camino recorrido, incendiar lo que habíamos aprendido porque nos hace rechazarlo en vez de integrarlo. Las caídas y las lágrimas te pertenecen como parte de tu existencia y es un derecho divino poder mostrarlas sin verguenza. Al exhibir esas cicatrices, romperemos con el falso exitismo y daremos espacio a las infinitas capacidades de resiliencia y reinvención que nos definen.

No seamos jueces de nadie, seamos aprendices. Busquemos esas críticas que nos aportan algo constructivo y despertemos cada día como una hoja en limpio.

Por: Revista Humana.

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