Acoso escolar: los profesores

Hace unos años, en una reunión con amigas, nos pusimos a recordar escenas anecdóticas del colegio. Fueron 13 años y un millón de experiencias que, para los que tuvimos la suerte de vivirlas con un grupo de amigos, siempre es interesante revivir. Cada una tenía su versión, su forma de haber experimentado cada etapa con las herramientas que tenía. En general, creo que salí airosa de mi período escolar y lo atesoro con cariño, hay mucho que agradecer y siento que disfruté tanto como sufrí en esos años de crecimiento.

Muy a la ligera, como si se tratara de una anécdota más, yo comenté un episodio que involucró a cierto profesor que era por todos bastante vilipendiado por la extrañeza de su carácter; su falta de sonrisa, su constante y rápido caminar de un lado a otro de la sala mientras enseñaba. La mayoría de mis compañeros hacía bromas durante su clase y se reía de la materia, aunque no había un gran desorden, pero no se lo tomaban demasiado en serio. Muchos solían hacer chiste de su ropa ajustada y de un rumor que corría sobre su anterior trabajo en un colegio de mujeres, donde habría tenido una vinculación amorosa con una alumna.

Teacher writing on blackboard and holding book, close up

El pasaje que yo puse sobre la mesa tenía que ver con un par de oportunidades en que este profesor dejó chocolates dentro de mi locker en el día de mi cumpleaños. Al abrir mi candado, que yo pensaba que nadie más podía abrir, me encontraba con este regalo con dedicatoria, pero sin nombre. Por supuesto que podía reconocer su letra, que era la misma del pizarrón de su clase. Por lo demás, no podía ser mi pololo porque tenía otra letra y otro regalo para mí. Recuerdo la rabia que me dio de que alguien abriera el lugar donde guardaba mi cartera y mis cosas personales, pero además no me pareció correcto que un profesor me regalara una caja de bombones con dedicatoria a mis 14 años, por lo que hice vista gorda. Compartí el chocolate con mis amigas y di por cerrado el asunto. Para la siguiente clase con ese profesor, noté su malestar conmigo, su mirada desafiante y asumí que sería porque no le di las gracias por su molestia.

Sostengo hasta hoy mi decisión de no hacerlo, puesto que mi objetivo era enseñarle que no debía jamás hacer algo así con una alumna, porque todos sabemos que se puede prestar para malos entendidos. Me hubiera gustado encararlo para decirle que no tenía derecho a abrir mi locker, pero en general yo trataba de no hacer mayor problema -una actitud que no me enorgullece-, y sabía que si decía cualquier cosa se podría convertir en el inicio de un escándalo innecesario.

Ante su mirada fija e insistente, decidí pasar de largo y no darle mayor importancia. Seguramente mi actitud le parecía dura y ese año, en el reporte de fin de semestre, escribió que yo tenía una personalidad indolente. Cuando su gesto se repitió al año siguiente, lo entendí como una provocación y temí que no iba a quitármelo de encima. Hoy es fácil ver que sus actos eran suficientes para sospechar de alguien dispuesto a todo, un acosador. Afortunadamente, yo tenía mi atención puesta en otras cosas, mi pololo, mis amigas, una adolescencia que transcurría normalmente y había decidido que su actuar no era correcto, por lo que no lo validaría con mi atención. Pensaba que si lo ignoraba, no alimentaría sus ganas de perpetuarlo, pero su trato conmigo dentro de la sala de clases comenzó a ser agresivo, me usaba de ejemplo como mala alumna y obviamente eso afectaba mis notas. Yo no sólo no podía prestar atención al contenido del ramo, sino que no quería estar dentro de una misma sala con él. Me consolaba saber que su persona producía una sensación de asco a muchas otras alumnas.

apa-zola-villafrancaAl año siguiente dejó de ser mi profesor y sentí el alivio, mejoré mis notas sustancialmente y me olvidé de él. En aquella época no comenté demasiado el mal rato, pero una de mis amigas sabía y se reía de la situación sin saber bien cómo tomársela. Al recordarlo tantos años después, ambas le dimos otra connotación y un mayor peso. Nunca había repasado el momento y obviamente hacerlo me permitía mirarlo con mayor crítica y perspectiva.

Mi único reparo con lo sucedido, que si bien no podría calificarse de grave pero sí rozaba lo inapropiado, es que esta persona sigue en el mismo colegio quizás tratando de molestar a otra menor con un resultado distinto; más a su favor. No digo que yo me lo haya tomado bien, digamos que uno reacciona a este tipo de cosas sin pensarlo demasiado, pero una niña de 14 años con poco carácter o en alguna situación de vulnerabilidad, quizás acabaría por acercarse a él. No sé si eso sea negativo, -una de mis ex compañeras de colegio opinó que pudo sólo querer hacerme un regalo-, pero creo que se pisa la línea. El tema no es el regalo en sí, porque siempre agradecemos un gesto el día de nuestro cumpleaños, es el hecho de hacerlo sólo con una alumna en particular y esperar algo a cambio. Es la invasión de tu privacidad, tu locker, y la agresividad del maltrato en la sala de clases cuando no recibió lo que buscaba, que no sé exactamente qué era, pero me daba a entender que no era apenas un “gracias”. Él se sentía rechazado por mí y eso le hacía tomar un comportamiento violento, ¿de qué estamos hablando?

Es importante dejar claro los límites entre un profesor (a) y una alumna (o). Esta es una etapa crítica donde las personas se están formando y requieren guías ejemplares, con ética y pedagogía. A veces los problemas en las casas, con los padres, con los mismos compañeros de curso o también algún quiebre con un pololo, podrían llevar a una chica de esa edad a bajar la guardia con un tipo como este, que buscaría aprovecharse de la situación. ¿Hasta qué punto? Quién sabe. Ese es el dilema; aunque este haya sido un simple gesto, puede mal interpretarse. El acosador siempre bordea lo legal, se mueve en el límite hábilmente.

Nunca supimos si el rumor sobre su trabajo anterior era cierto, pero con ese antecedente yo no podía arriesgarme y fui muy dura con él los años siguientes, donde prácticamente no le hablé ni saludé. Verlo me daban muchas ganas de ponerlo en su lugar, pero las olvidaba pronto con las otras cosas que sucedían en mi vida, propias de la edad.

Un día, durante los últimos meses de colegio, una secretaria nueva que me parecía muy amorosa y con la que conversábamos un poco cada vez que nos topábamos, me contó que estaba pololiando con él y que no sabía si hacía lo correcto. Me preguntó qué opinaba yo. No sabía qué decirle, podía preguntarle si acaso estaba loca, preguntarle por qué tenía dudas o establecer que yo no era quién para opinar, pero sentí lástima por su ilusión y aunque no podía felicitarla le deseé la mejor suerte. Maldito, -pensé-, fue donde la mujer más dulce y tierna que encontró, una chica joven, amable y de voz baja. No pude evitar pasarme toda la película de su futuro; ella feliz en un matrimonio teniendo hijos con un profesor que acosa estudiantes. Después me enteré que hoy tienen una familia y sólo puedo esperar que sean felices.

hqdefaultLamentablemente, mi visión es un tanto pesimista con respecto al acoso escolar. Sólo se requiere de una pequeña acción aparentemente inocente que te permita lavarte las manos y salirte con la tuya. La vida está llena de personas dañinas y las mejores defensas son la intuición, la educación y la confianza en uno mismo. Las mujeres están más expuestas al acoso escolar y lo ideal es que sepan que en sus casas existen los espacios para dialogar y aprender. Si por el motivo que sea, sus padres no brindan estos espacios, los hijos no pueden servirse de su consejo, que es el único que busca su bien por sobre todas las cosas.

Afortunadamente hoy se puede hablar de cualquier tema sin temor a quedar con el cartel de conflictivos o raros, y en un mundo tecnologizado un profesor lo piensa dos veces antes de involucrarse en una situación que se pueda mal entender. Es importante establecer que en un caso como este, el problema no radica necesariamente en lo que hace él, sino en las consecuencias de lo que hace, entendiendo que la acción puede verse como normal pero traducirse en un problema para quien la recibe.

La falta de concentración, malas notas, inseguridad, falta de autoestima y un largo etcétera pueden desencadenarse. Yo me pregunté muchas veces qué hacía yo para incentivar en él la obsesión de mencionar mi nombre en cada clase y mirarme fijamente por varios segundos. No podemos dejar que los menores se sientan culpables de lo que hacen mal los adultos que están para formarlos y educarlos. En la etapa crítica de su crecimiento, no podemos matar con culpa la naturalidad de sus personalidades y es por eso que me parece una gran idea hablar de acoso escolar jerárquico.

Todos los maestros, de cualquier tipo y en cualquier edad en que se los tenga, están para hacernos grandes, ayudarnos a florecer y convertirse en un bastión de nuestro desarrollo. Si sentimos que no podemos respetar el actuar de nuestro maestro, dicho actuar debe erradicarse.

Por último y más importante, creo que debemos escuchar a los menores con atención y apoyarlos cuando veamos que están tratando de buscar ayuda. Tengo que reconocer que me impresionó mucho ver cómo algunas compañeras de colegio con las que comenté el tema, no empatizaron conmigo y atribuyeron cero relevancia al hecho. Es clave ponernos en el lugar del otro y validarlo si se siente aproblemado o manifiesta desorientación. Hoy son las mujeres las principales agentes para generar una fuerte red de apoyo que no tolere ni el más mínimo acoso escolar, ya que por diminuto que sea puede ocasionar profundos daños. Involucrarnos, no actuar con indiferencia ni cegarnos a lo que nuestro género vive, es la única forma de construir una sociedad justa y amable para todos.

 

Por: Luci.

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