Vacaciones: la incertidumbre de subirse a un avión

Avion-pasajeros

Estamos en vacaciones y tomar un avión bien podría estar dentro de nuestros planes. Esta nave voladora siempre me ha parecido un lugar desagradable del que me gustaría salir pronto, no por claustrofobia, abstinencia de tabaco o incomodidad de pies, sino porque dentro de un avión, con una sola persona loca el destino puede cambiar radicalmente. Es una cárcel momentánea deslizándose en el aire.

Primero, el control deja de estar en uno mismo y pasa completamente a otros, por lo que uno debe entregar su vida y confiar. Esa parte no me cuesta, pero ¿qué pasa si una de las personas a bordo del avión esta mentalmente desiquilibrada? No hay, que yo sepa, restricciones de ningún tipo para que a los vuelos comerciales suban enfermos mentales o psicópatas y ya sabemos lo que pasó con las Torres Gemelas (bueno, no lo tenemos totalmente claro, pero Usted me entiende).

Si un piloto o azafata quiere botar el avión, lo hará; fue lo que hizo Andreas Lubitz, el copiloto del vuelo de Germanwings desde Barcelona a Dusseldorf, causando la muerte de 149 pasajeros el año pasado. Con el paso de los días se descubrió de que el joven de 27 años padecía una enfermedad psiquiátrica y, como en una horrible película de terror, había ensayado varias veces su planificado crimen.

Si el piloto quiere beber ese día, lo hará, fue lo que ocurrió con el caso que inspiró la película Flight. Y si un pasajero quiere desestabilizar el ambiente, también podría hacerlo, aunque no traigagermanwings-normal-escalera-672xXx80 consigo metales o armas, bien podría crear un caos, por ejemplo desobedeciendo las instrucciones establecidas en una emergencia o creando un escándalo por el motivo que sea. Con imaginación uno puede ponerse en diversos escenarios de lo que puede ocurrir en un vuelo, mucho más allá de las incómodas turbulencias.

Imagino amerizar, por ejemplo, y tener que sobrevivir en el mar hasta que nos rescaten mientras gente inescrupulosa intenta quitarme mi flotador. O enfrentar un atentado, una emergencia de salud o un desperfecto técnico. Eventos como la tragedia de Juan Fernández con el Caza de la FACH y tantos otros no son las mejores ideas para poner en nuestra mente cuando entramos a un avión. Lo preferible es disfrutar la experiencia, sobretodo en vuelos con líneas aéreas que se preocupan de hacerla lo más amena posible, con buenas revistas, películas, comida y atención. Pero no puedo evitar preguntarme por todos esos extraños que compartirán a veces varias horas conmigo en aquel reducido espacio donde sólo nos tenemos a nosotros mismos.

Es una lotería, lo que tocó, tocó. Y si llega a haber un accidente, iremos descubriendo quién se nos sentó al lado, al estilo Lost. Mi experiencia en general ha sido positiva cada vez que he subido a un avión, de hecho lo más curioso es que me gusta volar, sólo odio los aviones. Me gustaría saber cómo manejarlos en caso de ser necesario, pero eso tendrá que quedar para otra vida. Quizás he visto demasiadas cosas pequeñas que han bastado para anticipar situaciones peores. En una oportunidad un bebé nos dejó a todos sordos por más dos horas, en otra un fétido olor salido de quién sabe dónde acabó con el deseo de existir de todos los pasajeros y en otra bajaron la temperatura del aire tan bruscamente que mientras yo me tapaba con el papel del diario que me habían regalado al subir, los pasajeros confrontaban violentamente a una azafata que no podía más que escuchar, pero estaba lejos de hacer algo al respecto. La temperatura, por protocolo general, se baja pcahvisignificativamente en vuelos largos para que los pasajeros queden inmóviles y no se anden parando de sus asientos. Es una de muchas medidas que no se informan a los clientes y que sirven para “controlarlos” durante el tiempo de vuelo.

Si bien cada día vemos mejorías y novedades a la hora de volar, no es menos cierto que una vez en el aire todo puede ocurrir y ¿para dónde arrancar? No por nada uno de los mayores atentados de la historia se hizo con aviones, sin duda la forma más sencilla de secuestrar civiles inocentes. En un auto, si somos pasajeros, podemos intentar tomar el control del vehículo, en un tren podríamos saltar (pobre de mis rodillas), en un barco nadar, en un objeto volador menor, como un helicóptero, podríamos lanzarnos al vacío si la altura no es demasiada y contamos con un paracaídas y un básico conocimiento sobre cómo usarlo. Pero en un avión…sólo queda encomendarse.

Mi real preocupación, sin embargo, no es nada de esto. Es la siguiente: si un grupo de personas con mal aura, mala estrella o cómo decirlo, mala onda en todo sentido, se junta por azar dentro de un avión, todo podría estar perdido. Esa energía negativa condensada a miles de pies de altura tiene el poder de tomar acción y dar paso al peor vuelo de nuestras vidas. Felices vacaciones.

 

Por: Richard.

 

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Categorías:Columnas

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