Libros: El amante Japonés. Aún espero más de Isabel Allende

9788401015724 (1)Isabel Allende, con 73 años y más de 20 novelas, sigue siendo un best seller seguro. El Amante Japonés es su último trabajo y una de las lecturas obligadas del verano, y aunque entretiene lo suficiente como para engancharse con cierto interés, hay mucho en lo que nos obliga a reparar. Yo quise enamorarme de Ichimei Fukuda -el amante japonés- pero nadie me lo presentó. Allende no le dio suficiente voz y terminé el libro sin conocerlo realmente. A estas alturas, no me espero este tipo de decepciones cuando tomo a una escritora así de consagrada y me pregunto, ¿qué fue realmente lo que la llevó al Olimpo? Quizás sea tiempo de cuestionar seriamente su repetida fórmula, más allá de las críticas que siempre hemos escuchado sobre ella, necesitamos saber por qué seguimos abriendo sus libros.
Hay todo tipo de ingredientes en esta historia -guerra, enfermedad, vejez, arte, pasión, abandono, abuso, etc- y todos juntos no permiten profundizar en alguno de ellos. La ensalada de emociones resulta superficial y ser liviana es una de las críticas que Allende ha tenido que escuchar (algo molesta) a lo largo de toda su carrera. Hay más de una sola relación de amor notable dentro del libro y el personaje más interesante, Fukuda, no alcanza a destacar. Sin embargo, sabemos que de imaginación no se queda corta esta periodista chilena y se esforzó en hacer de todos sus personajes gente muy acontecida, formando así una especie de verborrea literaria que confunde. Meter todo en una juguera da como resultado un algo mal compuesto.
Es más que justo decir que estamos frente a una gran narradora de historias, tanto como necesario recalcar que quizás no ante una escritora propiamente tal. El pasado periodístico de Allende pudo haber estado influyendo sobremanera en su obra de ficción todo este tiempo, una para la cual ella misma ha dicho que siempre investiga y estudia en la historia, para mezclar ficción con realidad. Eso no tendría por qué ser un problema, si no fuera porque al saltar de un acontecimiento a otro, de un personaje a otro, aunque sea en más de 400 páginas, acelera justo cuando queremos parar. Si bien no aburre, da una sensación de engaño por cuanto jamás entra en un momento preciso para quedarse. Da la impresión de que no disfrutaría haciéndolo y que su gozo está precisamente en echarle para adelante. Habría que preguntarnos si eso es lo que buscamos en una novela, pero esa discusión es algo añeja y además amplia. Sólo quisiera decir que estoy segura que no quiero una experiencia llena de sobresaltos dramáticos, dientes apretados y pocos instantes memorables.
El público le sobra a Allende, con lo que queda concluir que nadie busca profisabel-allendeundizar en el presente, contemplar, ser un personaje o vivirlo. Estamos abiertos a la rápida e intensa experimentación de emociones y tal parece que es eso lo que nos mantiene adictos. Esta autora se preocupa apenas de la psicología de sus personajes, pero es experta en ponerlos en acción. Elabora escasos diálogos, pero tiene un don envidiable para inventar toda una vida. Ella suma y suma información, pero, ¿qué hay de la verdadera literatura? ¿Hay en la obra de Allende algún personaje entrañabale, alguna frase imborrable, alguna escena inmortal?
Alguien me dijo: “ella vende porque nadie sabe lo que es arte. No tenemos contacto cotidiano con la creación artística y queremos satisfacción inmediata de otras cosas”. Puede ser. Ichimei Fukuda pudo haber sido el mejor de sus personajes, pero quedó como la caricatura de un japonés: un hombre templado, sabio, conocedor de plantas y flores, del dibujo y las formas de amar. ¿No es así como todos los occidentales nos imaginamos a un amante japonés? Me cuesta aceptar que eso fue todo lo que la autora pudo mostrar de él. Dijo que Ichimei era así y asá, me dejó leer sus cartas, de su puño y letra, me llevó con él a la guerra y aún así, no pudo explicar el título del libro. Ningún momento de intimidad con Alma Belasco, la otra protagonista -si es que podemos decir que ellos son los protagonistas-sirvió para hacerlo.
Ambos personajes quedan tan pobremente delineados que si la autora no los mostraba como víctimas de la guerra, hubieran perdido su posición de personajes. Así es como la herramienta facilista del sufrimiento, de la que tantos escritores contemporáneos abusan, sigue ganando. Con todo, Allende sabe mucho sobre el entertaining; no escatima en meter idiomas diversos, nombres inusuales, conceptos poco occidentales, corrientes, estilos, en fin, no pasan 10 hojas sin que tire algún recurso para sorprender, algo que a la larga se hace casi desesperante. Esta pudo ser una interesante historia sobre una judía y un japonés en la Segunda Guerra, pero ni siquiera hurgó demasiado en ambas culturas. Quizás lo que me faltó por parte de la autora fue generosidad y empatía, ya que en situaciones donde el lector se hacía una pregunta, ella nunca llegaba con la respuesta. Así incluso hay personajes que quedan botados sin razón, como las hermanas de Alma Belasco o su mismo hijo.
Hubo páginas de este libro donde paré a pensar en Isabel Allende y se me hizo que quizás no le importa demasiado ir un poco más allá. Ya tiene el Premio Nacional y no aspira al Nobel. Mi verdadera inquietud es: con tanta fama, fortuna y seguidores en redes sociales -donde, dicho sea de paso, no hace grandes aportes- ¿será que ya todo está dicho en la carrera de alguien como ella? ¿O será que con su incuestionable talento parra narrar, aún puede sorprendernos con una verdadera obra literaria? Yo creo que sí. Se puede ver algo especial en la última parte de esta novela, una pincelada de fe ligada al amor que trasciende esta vida. Hay una luz al final del túnel que con la madurez suficiente, esta autora sin duda podría alcanzar.
Por: P.P.
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