Un síntoma llamado portonazo

Delincuencia.Ando con un botón de pánico en la cartera. No se me ocurrió otra cosa con tanta delincuencia, asaltos afuera de restoranes y portonazos a la entrada de las casas. Antes de comprarlo, pensé que el último aumento de este tipo de delitos calza a la perfección con mi viejo sueño de aprender Kung Fú, pero para ser honesta no creo que pueda hacer demasiado cuando una pistola esté apuntando mi cabeza.

De todos modos quisiera tomar clases de Kung Fú algún día, pero no para tener que enfrentarme a alguien y caer en el círculo de la violencia, respondiendo con golpes un ataque. Queda claro que el Gobierno no está preocupado de la seguridad de las personas, menos de las causas que provocan la delincuencia, pero me pregunto si acaso yo misma hago algo por luchar contra las raíces de la inseguridad y si realmente las comprendo.

Personas de todas las edades, armadas y encapuchadas, consideran que robar es un trabajo como cualquier otro, lo que obliga a concluir que en su educación hubo cero desarrollo de los valores humanos. Hay muchas fallas previas a la delincuencia misma. Cuando un chico de 14 años apunta a una persona para quitarle lo que tiene hay que cuestionarse; ¿quién es ese chico? ¿Cómo ha sido su vida? ¿En qué medida somos todos responsables porque él se dedique a delinquir?

La ceguera nos hace catalogar este tipo de preguntas como ingenuas, preguntas para personas que creen que solas pueden cambiar las cosas, sin embargo aún no hay respuestas por parte de quienes debieran trabajar para descubrir las causas de que todo un país duerma con un ojo abierto.

La mugre se esconde siempre bajo la alfombra y si la destapamos saldrá toda la basura que por tanto tiempo se nos ha ocultado. La mala calidad de la educación, los constantes “robos legales” en puestos de poder que impiden reunir los dineros para hacer mejoras, las fallas del sistemas; uno que es inmoral y destructor de la esencia humana. Estos jóvenes, o no tan jóvenes, que creen que robar es una gradescargacia, una acrobacia, una choreza o un logro, conocen las leyes al revés y al derecho y saben que no pagarán con cárcel su comportamiento. ¿Cómo convencerlos de que robar no es el camino, cuando el sueldo mínimo no alcanza para vivir?

¿Cómo le explicas a un muchacho con una madre alcohólica y un padre ausente, que pasó hambre y no puede escribir si no es con faltas de ortografía, que robar es malo? Es cómo pedirle a Jean Valjean de la novela Los Miserables que no se robe el pan que sacó cuando tenía hambre. Es como pedirle simplemente que se conforme con la suerte que le tocó y deje de luchar por sobrevivir.

Qué pasaría si ante el último delito de moda, el portonazo, reaccionamos tranquilos y le decimos al joven delincuente: “tranquilo flaco, toma, llévate mi auto, yo trabajé duro para tenerlo pero capaz tú lo necesitas más que yo. Sólo pídemelo bien, no así, no es necesaria la pistola”. Sería como hablarle en chino al tipo, no va a entender ni carajo lo que le estás tratando de decir. A lo más quedará extrañado, dirá que wevón más imbécil y te quitará el reloj también, el celular y todo lo que andes trayendo.

Pero ese ladrón -si es que no está drogado, que casi siempre lo están-recordará un día esas absurdas palabras. Le quedarán retumbando en la mente y tratará de descifrar su significado. Esa reacción, que antes de resistirse, accede, acogiendo la solicitud y cediendo a ella sin temor y compasivamente, generará un profundo eco para siempre y la razón es muy simple; biológica y espiritualmente todos nos sentimos llamados por lo que es amoroso, por lo que es cierto e iluminado. De todas formas tendrás que entregar el auto, por qué no hacerlo de modo que al ladrón le cause cierto asombro.

Quizás la última arma que nos quede ante tanta debacle social, sean esas palabras y actitudes amorosas. Son caras y cuesta mucho sacarlas, además no estamos acostumbrados a oírlas por lo tanto se nos hacen irracionales, pero en un sistema donde te roban todos los días y en todas partes, tal vez no se pierda nada con intentarlo.

Mirado así, puede que no sea tan malo que los ciudadanos tengamos obligadamente que tomar el sartén por el mango, al ver que las autoridades no lo hacen. Podría incluso ser la única manera de enderezar las cosas. El portonazo, y todos los delitos que no son de cuello y corbata, si bien pueden ser influidos por vicios como la codicia tanto como lo son éstos últimos, tienen una raíz más profunda. Son un síntoma social y la sociedad la hacemos todos.

Las autoridades y los políticos nos han mentido y engañado toda la vida, ¿cuándo nos decidiremos a tomar parte en las soluciones? Y más importante aún: ¿qué tono tendrán esas soluciones? El tono elegido debe ser el único que hace efecto, el único que escuchamos, recordamos por siempre, atesoramos y buscamos incansablemente; el tono del amor.

Por: Sol.

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