Idilio con la naturaleza de mi país

IMG_1279-1024x768Estoy en un lago del sur de Chile, a la orilla de la playa, con la arena volcánica cálida bajo mis pies que me dice que hace mucho me estaba esperando. Y ahora que he llegado y contemplo la punta nevada de un volcán a lo lejos, pienso que me demoré en venir. Pienso en lo bien que me hubiera hecho pisar esta arena un tiempo atrás.

No hay cansancio ni mal que no pueda ser aliviado, aunque sea en parte, por este paisaje de paraíso en el sur de mi sureño país. Claro que debí venir antes, cuando nada parecía darme un respiro en el ritmo frenético de siempre. Pero qué más da lo que pudo ser; me siento en la arena y escucho las olas, los pájaros, los árboles. Los elementos; tierra (arena), aire (viento), fuego (sol) y agua (lago) me sostienen; soy el quinto elemento. La naturaleza me devuelve a lo que soy y perdí con el tiempo y lo hace gratis, sin pedir nada a cambio.

Lamentablemente toma mucho esfuerzo destinar un par de semanas a simplemente estar con el paisaje. Hay que programar vacaciones, organizar pendientes, finanzas, traslados, grupos de personas a veces, en fin, no es llegar y ir a lo natural cuando nos llama, como debiera ser. Pero una vez allí todo vale la pena y llegada la hora, irse honestamente desmorona el alma. La naturaleza tira.

imagesAl estar ahí día a día uno se va convirtiendo en el paisaje, en parte de un todo. Aunque siempre seamos parte de un todo y no lo veamos. Hacernos conscientes de eso se siente igual a que le vuelva a uno el alma al cuerpo. ¿Dónde se extravía el alma cuando no está con nosotros? Cuando estamos en la ciudad, en los deberes y placeres de la postmodernidad, en la angustia de llenar nuestro vacío con medidas parche que duran menos que un candy.

Pero el paisaje es eterno, dura por siempre hasta el infinito. “País/paisaje, país/paisano”, pienso, y altiro se me vienen los versos de Parra al corazón. Sentarse en la orilla lacustre de tu país en verano es más significativo, porque puedes hacerlo con muy poca ropa, casi al desnudo, provocando un encuentro íntimo, lleno de roces (aquí es cuando me gusta hablar de equidad de géneros, para poder hacer topless sin escándalo de por medio). No tener que salir del país para encontrarte con la naturaleza es más significativo aún, porque da la sensación ilusoria de que todo el alrededor te pertenece. Y digo ilusoria porque en todos lados el entorno natural te pertenece, el mundo es nuestro -¿de quién más va a ser?-, pero dentro de Chile, un chileno puede tener la certeza de que esa arena entre los dedos de sus pies es suya. Literalmente; no hay playas privadas en esta patria, o al menos eso dice la ley.

Hace un año, mis pies pisaban las arenas del norte de mi país y hoy pisan las del sur. Me enorgullece decir que han pisado también las del Chile céntrico, insular y antártico, pero aún así cuando se terminan los días de descanso, comienzo lentamente a olvidar nuestro encuentro y el fuego se apaga. No es hasta que volvemos a reunirnos la naturaleza y yo, que recuerdo nuevamente quién soy, de qué estoy hecha y por qué nos amamos tanto.

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Categorías:Columnas

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