Mi peor hábito alimenticio

descargaFue un tremendo paso en mi camino de auto cuidado y la búsqueda del equilibrio y la vida sana, el darme cuenta de mi peor hábito alimenticio, porque de ahí en adelante pude concientemente alejarme de él y observar los beneficios. Este hábito era el de llegar a la casa de mis padres y abrir inmediatamente el refrigerador. Después saludar.

Así, siempre podía disfrutar del queque que mi mamá había cocinado, del pan recién comprado y algunas sobras de las comidas que no compro para mi propia casa, a veces por tiempo o porque simplemente hacen mal y engordan.

A mi madre le encantan los dulces; los tiene por todos lados, en el closet, el velador, el auto, la cartera, es una adicta, simplemente no puedo llamarla de otra manera. Mientras que a mi papá le fascinan los quesos, las masas y los platos preparados tipo lasaña, guisos, etc. La actividad que más realizamos juntos es almorzar, ya sea en su casa o salimos a algún restaurante simpático. Todo esto me parecía normal hasta que un día me di cuenta de que asociaba a mi mamá con todo tipo de postres, sobretodo con los turrones, su dulce favorito (era el favorito de su padre).

Después de eso, vino la dura realidad. Tomé conciencia de que incluso si ya había comido, llegaba a su casa a servirme algo, como si no pudiera estar ahí sin pasar por la cocina. Esto jamás me ocurre en mi casa, donde mis horarios son ordenados y la cocina es un lugar funcional que no significa nada para mí. Mis compras del supermercado son casi médicas, es decir ni una sola cosa de más, ni comida chatarra ni algo en caso de tener que llevar donde una amiga, nada de eso. Si tengo que llevar algo a alguna parte para una reunión, pasó puntualmente a comprarlo. Vivo sola y compro lo que necesito para cada día.

descarga (1)Debo reconocer si, que comparto genes con mi abuela paterna y si veo un dulce frente a mi éste no tiene más de dos minutos de vida. Mi abuela solía cocinar cosas ricas y guardarlas para ir racionándolas poco a poco, pero la verdad es que nunca podía hacerlas durar porque ella misma se engañaba y comenzaba a desenvolver el plástico de la comida para devorarla sin piedad. Una vez subió un kuchen a la parte de más arriba y más al fondo del closet para olvidarse de que existía, y a la media hora se subió en un piso para tratar de sacarlo y se cayó y dobló un pie. Igual logró comérselo, con dolor de pie y todo. Es diabética, obvio. Mi otra abuela también. Yo no aún, afortunadamente, pero sabía que si no ponía ojo, mi destino podría ser el mismo.

A mi mamá le gusta inventar que yo no quería ir a los cumpleaños cuando era chica, para así poder comerme los regalos, pero no es cierto. Eso pasó una sola vez, tengo mis límites. Sin embargo, su casa fue por mucho tiempo el paraíso del buen comer, tanto así que durante aproximadamente un año, cuando yo estaba en cuarto básico, ella y mi nana de entonces se asociaron con un servicio de banquetería para el cual debían guardar decenas de barras de chocolates en mi casa. Cuando miro hoy las fotografías del colegio, la de ese año muestra una niña redondita parecida a mi, pero no era yo, estaba escondida bajo todos esos chocolates que me robé pensando que nadie se daba cuenta. Recuerdo como si fuera ayer principalmente el sabor de ese chocolate blanco.

banquete_000Actualmente, habiendo identificado mi peor hábito a la hora de comer, mi comportamiento es radicalmente diferente. No me pongo reglas talibanas y si es la hora adecuada y viene al caso, puedo comer algo cuando visito a mis padres, pero ya no entro con destino directo a la cocina. Aprendí a asociar la casa de mis papás con una visita amena, de conversación u organización de alguna actividad y eso eliminó la ansiedad de querer saber qué hay esta vez en ese refrigerador.

Además, llevo conmigo en mi cartera siempre una botella de agua y un snack saludable en caso de estar en la calle o en el auto y no tener tiempo para nada más. Así, recurro a la comida que me hace bien y disfruto saber que estoy respetando mi cuerpo. Nunca fui gorda, aunque siempre luché con ese par de kilos de más que creo hubieran sido imposibles de eliminar en la época en que vivía con mis padres.

Fui a una buena nutricionista hace algún tiempo para saber qué podía aportarme y ahora tomo algunos suplementos como la vitamina C y la cúrcuma, pero en general no sigo ningún tipo de dieta específica. De chica sentía asco de las carnes, el huevo y las comidas de origen animal y cuando una amiga me habló de la dieta del genotipo fui y pagué una fortuna para que me dijeran lo mismo que yo ya sabía; básicamente todos esos alimentos que no me caen bien y esos que tolero mejor.

Hoy creo que escuchar al cuerpo es una habilidad que todos podemos desarrollar y que lograr el perfecto cuidado de él es algo que solamente uno puede hacer con auto observación y honestidad. Si tenemos alergias en la piel, si nos hinchamos, si tenemos demasiado sueño o fatiga, todo puede ser ajustado desde nuestros hábitos alimenticios.

A veces siento que aún es difícil alcanzar el equilibrio porque las comidas vienen todas súper mal elaboradas, intervenidas, con componentes tóxicos, demasiado sodio, etc., pero trato de no bajar la guardia y mantenerme atenta a lo que meto en mi boca. Estoy contenta con los resultados, aunque de vez en cuando tengo mis caídas. Soy humana.

 

Por: Revista Humana.

 

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Categorías:Columnas

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