Ballet: ¿belleza o sufrimiento?

el ballet tiene mucho de absurdo, esuna rortura del cuerpo, llevarlo a un extremo insano no tiene sentido no es algo que se pueda relacionar a la profundidad del arteLa danza es una de las expresiones más bellas del cuerpo humano y una de mis pasiones innatas que me brinda bienestar y felicidad. Siempre me llamó la atención que para la mayoría de la gente su máxima expresión fuera el ballet, porque si bien podía apreciar la armonía de ciertos pasos con la música, noté inmediatamente los extremos en los que caía su práctica.

El ballet tiene mucho de absurdo al basarse en una tortura corporal que se aleja de la profundidad del arte. Su estudio, que debe comenzar a temprana edad para lograr una alto nivel, requiere sacrificios ridículos en el estilo de vida, desde la alimentación hasta un nivel disciplina física que bordea la autoflagelación.

Me basta con saber que la punta de los dedos sosteniendo todo el cuerpo es algo completamente anti natural, se use la técnica que sea, y me he preguntado siempre con qué fin hacerlo. No puede ser para transmitir belleza, porque cada vez que observo ballet siento deseos de salir corriendo o decirle a los bailarines que por favor dejen de hacerse daño.large

Es cierto que la mayoría de los estudiantes de ballet  son personas con cuerpos hiperlaxos y que dedican su vida a entrenar para contorsionarlo y moverlo de forma impresionante, es decir no están realmente experimentando dolor una vez que lo han hecho mil veces, pero ¿cuál es la idea de mostrar algo así?

No porque yo pueda tocarme la nariz con la lengua voy a estar exhibiéndolo para generar un impacto en primera instancia, que claramente pasaría luego a ser morbo y algo no muy grato de observar de segunda mirada. Simplemente es poco estético, le falta belleza, y si no hay belleza, no puede haber danza.

El Cascanueces, por ejemplo, es bello sin duda; el guión, la música, etc, pero sentarme a ver cómo decenas de personas se esfuerzan por pararse en puntillas como si estuvieran jaladas de un hilo desde arriba -igual que marionetas- echa todo a perder.

Una profesora de danza con 25 años de experiencia me dijo hace poco: “lo último que bailaría sería ballet. Es una tortura indecible que no permite fluir con la música, porque exagera en poner el foco en el cuerpo como instrumento, exigiendo una técnica tan rigurosa que todo queda en la forma”. Agregó: “la danza tiene que ver con sentir. Creo que el árabe es lejos lo más completo, ya que incluye el movimiento de todas las partes del cuerpo en armonía con sus propias capacidades y con un sentido de unión con el universo. Si puedes bailar árabe, puedes bailar todo. Pero es una danza difícil, pocas lo logran con gracia y placer”.

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En efecto, el ballet no guarda mayor trasfondo. Su nombre viene de la palabra bailar y la historia de la danza indica que se profesionalizó en Francia, en la época del Rey Sol, es decir un período de alta represión donde el espacio a la creatividad quedaba reducido y sólo cabía obedecer. Previamente la danza había sido en todos los pueblos y culturas una expresión ritual de sentimientos y estados de ánimo, practicada en eventos como nacimientos, matrimonios o defunciones. En ese sentido, para verdaderamente bailar hay que ir mucho antes de la aparición del ballet, que no es más que una forma metódica inventada dentro de cuatro paredes para complacer a ciertos públicos y nada tiene que ver con el espíritu de danzar.

Recuerdo un año en mi época escolar donde se dictó una clase de ballet. Yo no era precisamente delgada aunque tampoco gorda, y la profesora dijo de entrada que las mejores bailarinas eran las con menor peso. Tenía alrededor de 8 años y me rebelé -en mi interior, pues no le dije nada- porque sabía que el baile no podía tener que ver con algo tan variado como las formas de los cuerpos humanos. Algo, ya entonces, me decía que el baile era mucho más.

Con respecto al placer, no podría creer jamás a una bailarina o bailarín de ballet que afirmaran disfrutar esos movimientos, aunque uno podría pensar que gracias a la música lleguen a elevarse espiritualmente y volar. Sin embargo, el camino labrado para aquello, ¿valió la pena? Una vida que no deja espacio para nada más, no se justifica. Digamos que hacer ese sacrificio en nombre de la danza es ponerla en un lugar equivocado. La danza quiere una sola cosa de los bailarines: llevarlos a su máximo potencial del ser.

Miremos a un niño bailar sin preocupaciones y sin sentido del ridículo, poniendo su 100% al ritmo de la música. OK, carece de toda técnica, pero nadie está más en sintonía con sí mismo y el mundo que él.

*El único ballet simpático que he visto: “El ballet más imperfecto del mundo”

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Categorías:Columnas

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