Libro: ¡Mierda! Tengo cáncer, ¿qué hago?

El libro del ingeniero comercial Roberto Ibañez -hijo de Felipe Ibañez, destacado empresario del rubro supermercados- sobre su experiencia con un cáncer (melanoma) diagnosticado a los 27 años, realmente vale la pena. La primera vez que escuché sobre su publicación, el año pasado, me llené de prejuicios; el libro es caro (*) y largo -lo que para mí era sinónimo de poco sintético-, Ibañez es demasiado joven y demasiado millonario, y no creí que pudiera aportar una perspectiva madura o finalmente útil. Mal que mal, qué no se ha dicho a estas alturas sobre el cáncer. Me pareció un capricho de niño rico, una revista-libro con ilustraciones a todo color que sólo me confirmarían su egocentrismo hablando desde el yo.

Digamos que no me equivoqué pero tampoco di en el clavo. Ese es el tema con los prejuicios, que uno se pierde de la mitad buena de las cosas. Decidí comprarlo un día que me sentía cansada, enferma y convencida de que mi alimentación -a pesar de varios esfuerzos- aún no iba por la línea correcta. Roberto Ibañez estuvo dando entrevistas en distintos medios y escuché que daba tips de alimentación y estilos de vida para tener salud. Consideré una frase del mismo Ibañez: “sé que soy afortunado porque tuve acceso a doctores y terapias que no todo el mundo puede tener y que me salvaron. Por eso quiero compartirlas”.

Efectivamente, al igual que yo, mucha gente está harta de gastar tiempo y dinero en médicos que no resuelven los problemas de raíz. Si él salió de una enfermedad tan agresiva como el cáncer, algo habrá hecho bien. Bueno, fueron muchas cosas. Roberto comienza contando quién era y termina presentando quién es hoy; explica qué cambios hizo y nos invita a recorrer la vorágine que se le viene encima a una persona cuando enfrlibroenta un problema de salud como este.

Hay datos extremadamente útiles que permiten no perder tiempo cuando tu vida pende de un hilo. Lamentablemente, no se profundizó en ciertos varios problemas del sistema de salud que están hechos justamente para que uno gaste tiempo y dinero. En ese sentido, Ibañez no se la jugó suficiente, no sé si porque no quiso o porque no vio que ahí existía un gran problema. Se entiende que no podía centrarse en la tremenda crisis del sistema de salud y tiene el mérito de al menos consignar diversos seguros que ofrece el mercado y entrevistar un par de casos basados en salud pública, sin embargo eché de menos los detalles y hubieran sido útiles algunas comparaciones entre su situación y lo que hubiera vivido un chileno promedio que usa el Auge o GES.

Quizás debido a esta desconexión con el general de las personas, es que eligió un título tan curioso: “Mierda, tengo cáncer, ¿qué hago?”. Durante las primera páginas se puede apreciar a un tipo de 27 años bastante despistado con respecto a las prioridades de la vida, probablemente razón por la cual quedó en shock tanto tiempo antes de tomar control de la situación.

El garabato del título se repite durante el libro junto a otros más, delatando cierto hastío, como diciendo: cuándo me van a dejar de joder. En vez de decir: OK, qué es lo que está pasando, cómo puedo involucrarme y comprender. Esta actitud inicial dice mucho de cómo era Roberto, y luego cuando se hace preguntas como: “¿que cuesta echarse bloqueador cada tres horas?”, uno puede asegurar que a esa edad y con todos los recursos a su disposición, simplemente no quería tomar responsabilidad. ¿Quién a esas alturas no ha escuchado nunca sobre los efectos del sol y el hoyo en la capa de ozono?

Roberto-Ibañez

Roberto y su querida mascota.

Roberto subraya que es repetitivo a lo largo del libro a propósito. Quizás él mismo debió contarse muchas veces la historia que vivió, pero para el lector se hace agotador. O tuvo mala asesoría editorial o confundió el foco.

Otro punto molesto, es que al comienzo hay demasiada información sobre Roberto y su vida; deportes caros, viajes, mascotas y empresas a temprana edad. Aunque al ir avanzando ese relato ayuda a comprender la historia para beneficiarnos de ella, debió pensar más en el tipo de lectores que podría tener un libro como este; por ejemplo enfermos desesperados por ayuda concreta. Sin embargo, se pueden destacar detalles interesantes que producen una reflexión sobre las dificultades de la vida, donde ser el hijo de se presenta como cualquier otra. Querer dar la talla todo el tiempo y validarnos -algo muy acorde a los tiempos exitistas de hoy- pasa la cuenta a todos por igual.

Los aportes valiosos del libro son en cuanto al tema de la prevención y la importancia de la comida con tips que de a poco van sonando a nivel mundial y pronto se convertirán en regla, como no comer carnes ni lácteos. Tuvo aquí la oportunidad de realizar una crítica a la industria alimentaria que bien pudo ser parte del problema de su enfermedad al vender basura a las personas y no molestarse en avisarles, pero eligió obviar el asunto y de paso privar de consistencia la investigación que realizó junto a su familia.

El punto mas alto es la verdadera clase médica que dicta en términos simples, algo muy difícil de encontrar en otras partes. Sabemos que los doctores nunca tienen tiempo de elaborar sus ideas porque ofrecen horas de atención cada quince minutos, y si a eso se suma que en Chile el nivel educacional está por el suelo, la gente no lee y lo que lee no lo entiende, es prácticamente imposible tomar un rol activo dentro de la enfermedad. Sobre la relación médico-paciente, hay un capítulo que se debe objetar de entrada, porque no refleja la realidad y da la sensación de marketing.

Roberto reconoce que sus cercanos fueron lo más importante, pero quizás debió ser aún más enfático: su padre básicamente le salvó la vida. En las casi 500 páginas, lo segundo más notable -siendo lo primero los tips de salud- es la figura de Felipe Ibañez; una máquina. Un tipo que sin ser un virtuoso logra todo lo que se propone y más. Se le pasa la mano en todo sentido, es absolutamente imparable y Roberto, seguramente con cariño de hijo, intenta no exponerlo demasiado. Incluso nos da a entender que su padre atinó y le dejó espacio para respirar.

La parte final incluye entrevistas a enfermos de cáncer que brindan sus consejos, haciendo del dato boca a boca algo real. Aquí, la experiencia, como siempre, cobra un valor de peso pesado. Los enfermos tienen que lidiar con el miedo, con la cara de tragedia de la gente, la voz de pena del círculo más cercano, la poca empatía, las diferentes opiniones médicas y el balance con el resto de los aspectos de la vida. Están tirando para arriba mientras muchas cosas los tiran para abajo.

Hay tips notables, como “no tener temas pendientes con nadie”, “no ser el psicólogo de otras personas” o “alejarse de personas que nos hacen mal”. Finalmente el libro me deja una sensación de que las cosas fueron puestas en su lugar, porque hacía falta que la enfermedad fuera un tema ruidoso en radios y programas de TV, para que los enfermos dejen de estar aislados, escondidos o incomprendidos mientras el mundo sigue. Yo creo firmemente, que si hay una sola persona enferma en la sociedad, la responsabilidad es de todos porque no informamos bien, no ayudamos a prevenir y no educamos sobre cómo vivir.

No quiero dejar de decirlo: me reí y lloré con el libro. Reviví historias propias de enfermedad (no sólo sirve para casos de cáncer), aprendí sobre mi misma y recordé a una terapeuta de imanes que con toda su generosidad me atendió amorosa y atentamente sin contarme que estaba muriendo de cáncer. También me conecté con cada historia humana, que en su conjunto demuestran que la enfermedad es una oportunidad única para crecer y ser mejores.

Roberto parecía perdido al principio, un tanto mimado y egocéntrico, ¿pero quién no se ha equivocado? Finalmente cumple su misión, porque en su posición podía empujar un poco más allá y nadie le negaría las respuestas. Compró tiempo e información y lo sabe bien, tanto que hizo un libro. Su posibilidad de gastar la plata y hasta perderla en doctores, exámenes o medicinas le permitía una libertad de acción insólita y hubo doctores que le prestaron una dedicación fuera de toda normalidad.

En ese sentido, el nombre más interesante de libro es el prestigioso naturópata estadounidense Mark Mincolla, quien basa su método en técnicas milenarias chinas para determinar qué alimentos pueden dañarnos. No se lo pierda, podría hacer una diferencia en su salud.

 

(*) Ibañez explicó que el dinero del libro va en directa ayuda de su fundación. Más información sobre la fundación y las librerías que ofrecen el libro en www.mierdatengocancer.cl

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