Parece que meditar la lleva

familia-meditando-juntaEscuchando la radio, mientras los locutores entrevistaban a un experto en biología y otros asuntos, uno de ellos dijo: “parece que de todas las cosas que existen hoy para estar bien, meditar la lleva.” Yo diría que efectivamente tanto es así, que cuesta creerlo y pasarán décadas antes que la mayoría asuma esta verdad que hasta hace pocos años nos era desconocida.

Esto sólo cambió con la explosión de la disciplina en occidente en los años ´60, pero mucho antes los ingleses colonizando India estaban maravillados de lo que veían.

En los tiempos actuales, estamos conociendo las verdades que necesitábamos urgentemente en todo ámbito de cosas; alimentación, medioambiente, salud, política, bienestar, etc. La pregunta sobre qué es lo mejor para nosotros y nuestro mundo, es hoy la primera razón que tenemos para desarrollarnos y participar del entorno. Es lo que nos motiva.

Con la globalización, la tecnología y la caída de los paradigmas añejos, estamos de cabeza buscando lo último, lo top. Eso que sin duda nos merecemos, ahora puede convertirse en realidad.

Quizás de todo lo que nos faltaba, lo más dañino fue el desconocimiento de nosotros mismos en el aspecto espiritual; no olvidemos que somos cuerpo, mente y algo más. Aunque incluso hoy ningún científico sepa decir dónde está la mente. Menos el espíritu. Pero más allá de eso, actualmente hablar sobre espiritualidad es un tema común, casi aburre. Nos dicen que si no estamos preocupados de atender nuestro espíritu nos va a ir mal; lo aseguran psicólogos, gurúes y expertos de moda, igual como hacían hace miles de años atrás los textos védicos (origen del yoga y la meditación).

Y a pesar de que la meditación y sus beneficios no son un secreto, lo que ha sucedido es que desde su llegada a occidente se ha visto como una medida un tanto absurda, poco concreta y con resultados a largo plazo que nadie tiene tiempo para esperar. Es la era de la inmediatez, que por un lado es útil, pero por otro nos cobra un alto precio al sobre exigirnos constantemente.

Es por eso que recomiendo principalmente enfocarnos en los niños. Simplemente no se pude pretender que un adultos cambie y giren fácilmente el ángulo de su cosmovisión -la que ha alimentado toda su vida-, para abrirse a nuevas verdninos-meditando-clase-gimnasiaades; tanto como no puedo pretender que mi abuela maneje un Iphone. Los grandes discutirán, cuestionarán, prejuzgarán y finalmente sólo algunos de ellos descubrirán con el método científico que conocemos -la experiencia- los beneficios que pueden brindar antiguas prácticas.

En cambio, los niños están abiertos a todo. Lo que les enseñemos pasará a ser una semilla que puede crecer en cualquier momento del resto de sus vidas, siempre dispuesta a ayudarlos. No hay nadie que de grande no recuerde alguna cosa que le enseñaron de pequeño y que mucho después le sirvió cuando más lo necesitaba; eso debe ser la meditación.

Los niños la recibirán, decidirán cuándo utilizarla y lo mejor de todo es que serán ellos los que barnicen con sus efectos, el entorno adulto donde crecen. Es decir, no es necesario que un adulto medite, porque si tiene un niño a su alrededor que sí lo hace, él podrá generar el cambio necesario. Al ver lo bien que está su hijo, ese adulto automáticamente caerá dentro del espiral y comenzará a interesarse por erradicar ciertos automatismos negativos. Esto puede ser desde llegar gritando a casa, comer en forma apresurada o poco saludable, ser desordenado o crear un lío por pequeñas cosas.

La hija de una amiga vio a su madre muy ofuscada por una trivialidad, de esas que ocurren todos los días. La chica le dijo: “mamá tranquila, respira un poco, así como yo. Mira que bien se siente”. Mi amiga le hizo caso y más que ver el efecto de la respiración consciente en su cuerpo -que le permitió decidir que juntas buscarían una solución a aquella trivialidad-, quedó marcada por el manejo que tuvo su hija de la situación y decidió aprender lo mismo que a ella le estaban enseñando en su colegio: meditación.

Los problemas seguirán existiendo y estaremos todos de acuerdo en decir que este mundo no es fácil. Pero si cada niño aprende a mirar los conflictos con perspectiva, calma y sabiduría, no solamente estará cuidando su salud, sino que se convertirá en un adulto lleno de seguridad, creatividad y herramientas para sortear los malos ratos sin arriesgar su bienestar. Es como si la vida se convirtiera en un juego donde hay que buscar las alternativas, pero no por eso sufrir en el1 intento.

Es así como estar aquí, vivos en este mundo, puede ser la mejor aventura que podríamos pedir. Pero algo como eso es mucho más fácil de aceptar para un niño, que para una persona mayor que ya está abatida por las desiluciones, dificultades y fracasos que ha vivio y que según le enseñaron significan necesariamente algo negativo.

Cuando yo guío a los niños para que aprendan a observar el aire que entra por sus narices y dejar pasar los pensamientos de su mente, puedo ver de manera mucho más clara que con adultos, cómo son naturalmente hábiles para abandonar lo que no les sirve y quedarse en el presente libres y dispuestos para enfrentar lo que sea con amor, foco y sello personal. Así éramos todos de pequeños. ¿No nos gustaría acaso, tener aún esa capacidad?

Hay otra razón para comenzar con los niños ahora ya. Los estamos viendo engordar, quedarse sin amigos, sufrir bullying, aislarse frente a una pantalla y tomar medicamentos por una supuesta hiperactividad que anulan su personalidad, eso que los hace únicos. Esto quiebra mi corazón en mil pedazos. Nunca hemos tenido niños tan llenos de cosas y tan infelices.

Un niño feliz será un adulto que aportará a nuestra sociedad por convicción y no únicamente por algo a cambio. A eso le llamo yo vida. Invito a todos los padres, educadores y cuidadores a dejar cerca la semilla de la meditación, a brindar esta opción con el fin de cumplir con el rol que nos corresponde de educar a las siguiente generaciones. Estoy segura que crecerá un jardín, pero incluso si apenas crece un sólo árbol de estas semillas, entonces habrá valido la pena.

Romina Azócar: profesora de yoga y meditación para niños.

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