Ruidos molestos: una cuestión de decencia

imagesSucedió así. Y no voy a decir que le pasó a una amiga, que es lo que uno hace cuando quiere contar una experiencia propia que podría caer mal a otros. Era sábado por la tarde y estaba por tomar una siesta; había hecho una clase por la mañana que no salió muy bien y dormir un rato al sol en mi terraza era lo único posible para reparar mi ánimo. Pero los niños de una vecina gritaban como música de fondo.

Los quejidos, llantos fingidos y cambios emocionales que pasaban de la euforia a las pataletas eran tal, que entré al departamento y pretendí cerrar los ojos sobre mi cama. Me perdería del sol, pero mis párpados se verían satisfechos. Lamentablemente, fue imposible llegar al descanso, descubrí que los ruidos venían de un lugar demasiado cercano, digamos que yo, entre todos los vecinos, era la persona más afectada debido a mi cercanía con estos niños. Estaban a una pared de mí. Aquí por favor que no venga ningún lector a decirme que me compre una casa, porque no soy Rockefeller y esto es Santiago de Chile.

En fin, leí, me duché y luego salí. Pero no pude evitar pensar en aquella mujer que cuidaba a esos pequeños que la manipulaban fácilmente, y a los que ella estaba todo el tiempo tratando de agradar. No parecía la madre, podría jurar que era una tía o una abuela desesperada. Si tan sólo hubiese sido una pésima cuidadora dentro de su casa y no en la terraza, mi tarde habría sido tanto más tranquila.

A la mañana siguiente, domingo (día de descanso por mandato divino), podía dormir un poco más porque aunque de nuevo tenía una clase, ésta sería a las 11:00 horas. A las 07:10 mis encantadores vecinos comenzaron nuevamente a gritar ydescarga quejarse. “Quiero sacarme el pañal”, “esto no me gusta”, “ahhhhh”, “waaaaaa”, “waaaaaaaaaaaaaaaa”. Todo de nuevo en la terraza. Es verano, yo puedo comprender que hace calor, y son niños, es -quizás- esperable que griten así, pero estaba claro que la adulta a cargo no estaba considerando el bienestar de sus vecinos. Es a ella a quien apuntan todos mis dardos, por lo que a las 08:50, ya de pie -ni modo- decidí ir a dejarle una nota por debajo de su puerta.

No la conozco, esta vecina es nueva o acaba de adoptar dos niños, pero nunca en mi vida había escuchado su voz histérica intentando calmar a menores enloquecidos, y yo llevo años en el mismo edificio. La nota decía así, y ojo que lo hice no sólo por el bien de mis oídos, sino por el de toda la comunidad:

“Vecina: tus niños y tú gritaron ayer toda la tarde y llevan hoy toda la mañana. Es entendible tal vez, son niños, pero por favor trata que no sea en la terraza!!! Ten piedad, es fin de semana!!! P.D.: la niña, Isabel, no está llorando realmente. Te está manipulando”.

Volví a mi hogar y apenas minutos más tarde pensé que me había quedado sorda. Había un silencio matinal espectacular, ese por el cuál vivo donde vivo. Había tres posibilidades; o mi estimada vecina se había enrabiado con la nota, o se había entristecido, o se había avergonzado. ¿Te puede dar rabia que un vecino se meta así en tu vida? Sí. Pero ahí debes preguntarte qué hiciste tú primero. Perfectamente podría también una mujer entristecerse porque un desconocido le diga por carta que no sabe controlar a personas con apenas años de vida. La tercera opción es que se haya sentido culpable y de pronto una luz de decencia invadió su ser y se arrepintió de haber molestado a una comunidad que, salvo escasas excepciones, intenta no generar ruidos molestos y mantener el respdescarga-1eto.

El caso es que sacó a los pequeños de la terraza y además cada cierto rato yo podía escuchar cómo les decía: “shh”, “shhhh”. Mis oídos me lo agradecieron, sin embargo me pregunté cómo es que una tipa de edad suficiente no puede explicar a chicos de 4 o 6 años que no es positivo gritar así en la terraza de un edificio, porque pasa a llevar la calma de los demás. Me pregunto qué le enseñas a un niño cuando te guardas esa información y lo dejas hacer el escándalo que estime conveniente, sea o no a paciencia de los vecinos.

Lo peor fue que la adulta, al no saber manejar la situación que duró horas, gritó a la par con ellos como si no hubiese nadie más alrededor. Vivir en comunidad puede ser complejo a veces y esta es una de esas cosas que enlistan los puntos en contra. No es la primera vez que hay gritos desagradables, y a veces sucede a horas inoportunas, pero es la primera vez en que vi un intento real de decencia. Está bien, la tipa se equivocó, pero tampoco es para tanto; vio la nota y trató de hacer algo. Para mí eso es lo que vale.

Esa tarde no estaban los niños, quizás eran sólo visitas. Espero que no hayan sufrido las consecuencia de mi nota y la mujer no haya decidido desquitarse con ellos. Pero qué más da, son unos diablillos malcriados. Lo importante es que yo me fui feliz a dormir mi siesta estival.

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Categorías:Columnas

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