Un obituario para dar luz

eba6654d85af66024dd54e1611bf7898--cancer-foundation-centenarian

 

Siempre he querido escribir obituarios. Me acordé ahora viendo la película “The last word”, sobre una mujer audaz y determinada que quiere dejar hecho su obituario antes de morir. Mi afán nace del placer de contar la historia de vida de otra persona y encontrar, sin fallar, las luces que todo individuo tiene para mostrarlas al resto. Creo que en toda experiencia en este mundo, por mucho que sea el sufrimiento, hay giros milagrosos y dignos de relatar.

Mi abuela paterna falleció hace poco y no era quizás una persona demasiado grata de recordar, pero sin duda se podría hacer de ella un buen obituario; una historia tan difícil de creer que solo la realidad podría hacerla posible. Porque mi abuela era difícil para todo, su larga vida de 96 años es un desafío y un tesoro para cualquier escritor, y como es la primera muerte que vivo -si es que a no estar en el funeral por andar de viaje, se le puede llamar vivirla-, se da perfecto para ver qué tan interesante puede resultar contarle a otros sobre ella en un obituario.

Primero que todo, los obituarios no son largos, por lo que me centraré en aquellos aspectos de su vida que más llamaron mi atención. Segundo, estos deben ser emocionales, pero con un toque de humor para dejar el espíritu arriba, aquí intentaré filtrar lo más posible su horrorosa ironía y terrible humor negro. Finalmente, se debe mencionar a las personas a las cuales tocó y marcó, principalmente hablaré de mi padre para no demorarme demasiado, ya que es por medio de él que llega a mí.

No voy a revelarlos, pero mi abuela tenía tres nombres, como esas señoras de época que querían diferenciar a sus hijos de los bastardos nacidos en el campo, y un apellido que la enorgullecía por cuanto lo llevaba también una Premio Nobel nacional. Nacida en La Serena -ambas cosas las repetía mucho; que llevaba el apellido Nobel y que nació en esa ciudad- terminó el colegio de monjas y partió a la capital donde trabajó, se casó, tuvo dos hijos con un Cónsul, se fue a vivir una vida cómoda al extranjero acompañándolo en su carrera y volvió a Chile para separarse, casarse de nuevo, separase, poner una peluquería que quebró, una fábrica de plumeros que quebró y emplearse como secretaria pública. Pero nada de eso importa más que su destacado sentido de la moda y el estilo, por el cual era admirada, envidiada y criticada notablemente, sobretodo porque al pasar cerca de otras personas no las saludaba. Alegaba que era corta de vista y no podía ver a nadie.

Amigas hizo ya de jubilada, disfrutando lo que mejor sabía hacer; cocinar, las invitada una vez por semana a comer todo tipo de cochinadas envueltas en azúcar que la dejaron con una diabetes drástica, medio ciega y hablando leseras. Pero no era que perdiera la lucidez, era que estaba cada día más violenta. Era de esas personas que hunden al otro criticándolo, que mienten, manipulan, juegan y denostan lo más que pueden hasta que ya nadie, absolutamente nadie, desea volver a verlas si no es a cambio de alguna cosa conveniente. Por eso, aparte de un que otro nieto interesado, no tuvo mucha compañía el último tiempo y murió sola con su cuidadora, en la casa. Ella era la última de su círculo de amigas en morir y ya había agotado la paciencia de la mayoría de sus familiares, menos un sobrino gay que aún mostraba sensibilidad ante semejante monstrua.

Pero era la mejor cocinera del mundo; a los nietos nos hacía de a 100 empanas de queso y nos obligaba a comerlas todas, era un festín, una cosa tan exagerada que no me la he podido sacar años después. Era de comprar cajas de chocolates y comérselas enteras en un día, un torta grande para 14 personas le duraba media hora. Ella sola la hacía y luego se la devoraba. Una loca.

En una oportunidad, mientras cocinaba en el quinto piso, un gato se apareció por la ventana y le molestó tanto que lo empujo hacia abajo. Ni siquiera se molestó en asomarse para saber la suerte del pobre gato. Y el animal era ajeno, era la mascota de la familia vecina. Mi abuela cosechó muchos enemigos tratando a los conserjes de indios y a las nanas de chinas. A todo el mundo lo calificó de ladrón, flojo y tonto y quizás se merecía tantas caídas de esas que tienen las abuelas, con quebradura de cadera, de brazo y moretones que duraban semanas por la zona de las piernas y la cabeza.

Era una persona inolvidable, sin duda, para cualquiera que la conociera, no precisamente por algo positivo, pero era imposible toparse con alguien igual. Simplemente fue única en todo aspecto, pensó siempre por sí misma y jamás siguió a otros en sus decisiones y formas de vida. Pagó el precio por haber crecido sin su familia, con unas tías bien acomodadas que la educaron para que su madre pudiera sacar adelante a los otros ocho hermanos cuando quedó viuda, uno de los cuales murió muy joven, sumiéndola en depresión.

En los últimos años de su vida recordaría su época más feliz; de separada, libre y trabajando para el Estado, con su casa propia y sus hijos en el colegio. Se sentía orgullosa de haberlos sacado adelante cuando su padre los olvidó, aunque nunca dejaron de verlo del todo. Y es que las cosas se complicaron, cuando él decidió irse con otra y dejarla con los niños y sin dinero, por lo que mi abuela resolvió lo más lógico: ir un día a depositar a los niños a la puerta del padre. Los dejó por años con él, llamando poco para no afectarles de más, hasta que pudo volver a buscarlos, con las consecuencias y el daño que ya serían borrados. Ese fue el gran dolor de su vida, pero luchó sola por superarlo.

En mi familia se repite el abandono. Ella solo fue un eslabón más de la cadena. De igual manera, se repiten la violencia y las adicciones, y mi abuela de adicciones sabía mucho, primero porque casi muere de un efisema pulmonar por fumar y luego porque ya de anciana vivió los dos últimos años casi sin tomar, cuando finalmente captó que cuando lo hacía, se caía al suelo de golpe con un dolor tan desesperante, que sacaba todo su odio del cuerpo.

Este eslabón, tuvo un nieto favorito al que mimó inconvenientemente, y quien en sus últimos días casi ni la vio. Mi abuela nunca entendió por qué ya no podía pararse sola (por vejez), por qué ya no dormía de noche (por vejez), ni por qué tenia que soportar a una cuidadora (por vejez). A veces decía “estoy muy vieja, no sé por qué estoy viva” y al otro día volvía a pararse sin avisar y se caía al segundo de boca al suelo.

Recuerdo su lado cariñoso, cómo tenía las manos siempre tan calientes que apretaba las mías frías, diciéndome que parecía un cadáver y que me tenía que revivir. Tenía las uñas duras y yo débiles, el pelo negro con ocho décadas y yo con canas de veinteañera. No entendía que los demás usaran factor solar, decía que el sol es vida. Lo es. Pero las cosas habían cambiado, el mundo ya no era como ella lo conocía y la frustración le daban ganas de tomar vino blanco.

Quizás, hacer un obituario debería incluir también la opinión de otros cercanos sobre la aludida, pero esta vez no es buena idea. Quiero quedarme con la abuela que yo viví y que todos sepan que fue la madre de un padre que me crió con total libertad, absoluto pensamiento propio, cariño de ese que te marca y también bastante violencia e ironía. Porque una abuela no es cualquier persona querendona que uno ve los domingos; es la génesis de todo lo que vives con tus padres y el origen de cualquier tema familiar incomprendido que late en las relaciones que vienen después.

Una abuela puede ser olor a comida cuando hay hambre, manos cálidas cuando hay frío, pero también las palabras dolorosas que hieren corazones y la maldad del mundo de la cual nadie escapa. Y una abuela es tu historia y tu propia forma de ser.

Yo honro a esa señora que me permite existir y respalda mi linaje. Creo que poder contar que existió y que tuvo sus luces, es el mejor modo de que se vaya como corresponde y para siempre. La imagen del lobo, del cuento de la Caperucita, no es ironía; es ambos lados de mi abuela.

906_volk_babushka_krovat_skazka_1280x1024_www.Gde-Fon.com

 

Anuncios


Categorías:Columnas

Etiquetas:, ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: