¿Te han asaltado alguna vez?

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A estas alturas, a quién no ¿verdad? Es cosa de ver las noticias para saber que si aún no has sufrido un robo u asalto, puede que pronto lo tengas que enfrentar. Los primeros dos segundos son para entender que estás viviendo una situación extrema y debes concentrarte y actuar convenientemente. Luego vienen las ideas: ¿qué hacer? Tu mente tiene imaginación y se activará, pero al mismo tiempo tus sentidos están en alerta, prestando atención a lo que ocurre a tu alrededor. Dependiendo del tipo de asalto, podrás hacer algo o bien quedarte lo más quieto posible para evitar una situación peor.

Pero, ¿acaso tenemos en nuestra cultura un decálogo sobre cómo enfrentar situaciones repentinas de violencia? Yo me encontraba realizando un trámite de salud una mañana, en los días previos a Navidad, cuando ingresó al local un tipo con pistola en mano. No me di cuenta hasta que lo vi frente a mí; le estaba pidiendo a la cajera que le diera el dinero.

El instinto de sobrevivencia es tan puro, que no espera ni un segundo. De inmediato me deslicé al suelo para agacharme, bajar la cabeza y parecer sumisa ante la situación. Solo tenía mis oídos para entender qué seguía sucediendo. Mis ojos los clavé en el suelo, en caso que más delincuentes estuvieran presentes y no quisieran ser identificados. Cuando la misma voz masculina que pedía a la siguiente cajera más dinero comenzó a alejarse de mí, cometí una imprudencia; tomé de mi cartera el teléfono y lo escondí en mi sostén con la idea de poder llamar a alguien cuando el tipo decidiera irse.

Creo que fue imprudente, porque no sabía quién me estaba observando, ni cómo podía reaccionar, pero no quise juzgar demasiado mi reacción, ya que finalmente no es más que eso y no puedo asegurar qué haría si volviera a vivir lo mismo.  No había demasiada gente a esa hora en el lugar, pero no faltaron los gritos histéricos de una señora y las órdenes de una funcionaria que le decía a otra: “siéntate, siéntate”.  Quizás ella se había puesto de pie para realizar alguna acción, que sin duda podía ponernos en jaque a todos. Éramos en total unas quince personas, y si solo una decidía hacer una estupidez, la pistola podía cumplir el rol que tenía.

Lo único que me servía era rezar. Rezar que el tipo se fuera rápido, que la funcionaria se quedara quieta, que todos cooperaran y le dieran el dinero, que él no me viera, que esto no fuera una experiencia que tuviera que recordar para el resto de mi vida. Últimamente me conecto mucho con mi ángel de la guarda; para los que creen en ángeles debo decir que hacemos un excelente equipo. Yo le digo: “mi ángel, ayúdame en esto”, y de algún modo esa fe mueve las cosas para bien.

descargaEl hombre era alto, gordo, moreno, iba con blue jeans y una polera de algodón de color claro. Lo vi cuando apareció frente a mí. Su voz era suave, jamás gritó. Incluso trató de “señoritas” a las cajeras. Creo que, o era su primera vez en esto de las pistolas, o era la vez número mil, y ya sabía que el arma servía para no tener que esforzarse demasiado.

Afortunadamente todo acabó muy rápido y el delincuente asaltó a las siete cajeras, retirándose sin gritos ni balas. Cuando escuché a otras personas preguntar: “¿ya se fue?”, alcé la mirada y saqué mi teléfono del sostén para llamar al servicio de seguridad de la comuna, que siempre llega más rápido que la policía, y por eso guardo su número en mi celular. Cuando me aseguraron que venían en camino, pregunté al aire: “quién está llamando a Carabineros?”,  y el guardia del local me dijo que estaban conectados por medio de un botón silencioso y ya habían recibido la alerta.

En fin, llegaron todas las motos y patrullas y comenzaron por rastrear un celular con GPS que el tipo se había llevado. Las personas estaban todas bien, y luego de describirle a un Carabinero la vestimenta del asaltante, decidí irme tan tranquila como había llegado. No tenía mucho tiempo y debía seguir con mi trámite, avisé a mis cercanos que estaba bien y luego me dirigí a otra sucursal a terminar lo mio.  Es así, la vida sigue.

Sin embargo, soy periodista y me pareció buena idea dar aviso a ciertos medios, para que con las cámaras de seguridad se identificara al delincuente. La noticia salió en forma breve en un canal de TV. Hay asaltos todos los días en Santiago, qué más daba.

descarga (2)El problema es que más allá de las especies o suma en dinero robadas, al final del día lo que quedan son las consecuencias psicológicas. En mi caso, esa noche sentí el corazón acelerado por algunos minutos y la necesidad de entender bien lo que pasó. Lo primero que comprendí es que al hablar con mis familiares, descomprimí la tensión que sentía. Pero me di cuenta que no había demasiadas personas a las que me interesara contar la historia, y que todo se reduce a un círculo muy pequeño y extremadamente frágil. Tu vida no es de interés para los, a veces, miles de conocidos que se pueden llegar a tener en las Redes Sociales.

Mi siguiente reflexión tuvo que ver con la motivación del hecho. Estaba agradecida de que el asaltante no hubiera actuado con violencia extrema, pero no podía sacar la imagen de su pistola de mi mente. En cierto modo, me sentí protegida por mi ángel -que es mi creencia personal y mi fe-, pero intenté ponerme en la piel de aquel hombre que había tomado un arma un día cualquiera para salir a robar.

¿Cuánta necesidad real tenía de hacerlo? ¿Estaba bajo el efecto de alguna droga? ¿Era esta su forma de vida? ¿Cuánto influía el hecho de que faltaran días para Navidad, para que él saliera a robar? Vivimos en un país con muchos problemas y es duro aceptar que este tipo de cosas sean cotidianas. De hecho, y para tener una día a día con más paz, solemos ignorarlas. Recién votamos en las urnas por un nuevo Presidente que se repite el plato, y mi sensación de que eso no cambiará nada, es demasiado real.

Finalmente, mi foco estuvo relacionado con la dirección de mi vida. Ese día pude haber recibido una bala y ¿qué estaba haciendo con mi existencia? Inevitablemente sentí que la experiencia era para mí y que todos los que estuvimos ahí teníamos que vivir eso, pero aún sin saber bien para qué. Es un llamado inquietante sentirte obligada a la pregunta de cuán satisfecha estarías, si todo hubiera acabado en ese momento.

Yo tenía la bella idea de morir vieja y con la paz de que hice todo lo que se podía hacer, que me equivoqué pero ya no hay nada más de mí para dar, porque entregué todo en esta vida. Sin embargo, también debo aceptar que puede no ser así. Es más, puede incluso pasar todo lo contrario, en cualquier momento, el día menos pensado. Es algo que aún debo digerir.

Por ahora, solo me resta decir que ojalá nunca te asalten, que nunca entres a un local y justo te topes con una persona armada dispuesta a todo, desesperada por sus propias razones. Pero si te pasa y logras salir ileso, que no sea una experiencia más, que se acepta porque así es nuestro país. Que te obligue, como espero me obligue a mí, a convertirla en algo mejor.

 

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Categorías:Columnas

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