Abuso a la mujer: una constante

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El abuso contra la mujer nunca es algo puntual. Es una constante. Es cultural. Es nuestra crianza y por lo tanto lo que somos. Solo las personas inteligentes y que crecieron con una buena guía, logran desaprender en la vida.

Mi resumido testimonio es solo un ejemplo, de millones.

Yo sufro acoso hasta el día de hoy por ser mujer, desde los 12 años. Fue cuando comenzó mi desarrollo físico. Algo me dice que si existe una cosa asegurada en la vejez femenina, es la paz de ya no ser acosada: a los hombres no les interesa el cuerpo de una mujer sobre 50.

Situaciones hay tantas que se pierden en el tiempo, y la indolencia que una elige adoptar a la larga, para ya no re victimizarse más, hace que pasen a ser solo malos recuerdos.

A los 14 años, un profesor de mi colegio, no sé cómo abrió mi locker (que estaba cerrado con candado) en dos oportunidades. Me dejó chocolates y una nota. La primera vez la nota me deseaba feliz cumpleaños. La segunda vez, la nota me felicitaba. La primera vez me resultó más fácil dejarlo pasar, porque en efecto era mi cumpleaños, pero fue obvio para mí entender que no era correcto que alguien abriera mi locker sin permiso, por lo que no agradecí el gesto a este profesor, no le dije palabra. Me sentí muy incómoda de ir a sus clases y lo evité como pude. Solo le conté a una amiga, pero no a mi pololo o mi hermano mayor, que también estaban en el colegio. A ellos, para qué les iba a decir, si no sabía bien de qué se trataba.

Supongo que mi actuada indiferencia debe haber frustrado a este profesor, por lo que cuando ganamos un partido deportivo junto a mis compañeras, pasó a dejar su segundo “regalo”. Esa vez, tomé los chocolates y a vista de todas las personas presentes que quisieran mirar (era recreo), lo boté en el basurero más cercano muy enojada, deseando que él estuviera mirando, pero eso no ocurrió.

Me salvé de él cuando pasé de curso y tenía la posibilidad de elegir a otro profesor del mismo ramo. Me salvé digo, porque quién sabe qué más podría haber seguido pasando. No sabía que debía avisarle a alguien, no tengo idea hasta el día de hoy a quién más pudo haber molestado. En adelante, mi promedio en ese ramo subió a 6.8, cosa que jamás hubiera ocurrido de haberme quedado con el mismo docente.

A los 16 años, salí del colegio para irme caminando a casa, como era usual, y un hombre de unos 30 años estaba en la puerta del colegio, observando. Seguí mi camino y a los pocos minutos me di cuenta que me seguía. No había nadie más en la calle, me dije: o lo enfrento o estoy frita. Me di la vuelta: “¿Si? ¿Pasa algo?” Le dije, de forma muy violenta. Él me explicó muy amablemente, que era productor de cine y que estaba realizando una película en la playa, donde estaba faltando una actriz de mis exactas características. Le dije: “gracias, no me interesa”. Él insistió y me dejó su número, me dijo que lo llamara para juntarnos porque quería explicarme bien el proyecto. Tomé su tarjeta para que se fuera y cada uno siguió su camino. Cuando llegué a mi casa, le conté a mi hermano mayor. Él llamó a un amigo suyo muy enojado y le dijo que había que funar a este gallo. Éramos jóvenes e incluso encontramos que podría ser divertido llamarlo y juntarse con él para mandarlo a la cresta. Ya no recuerdo cómo fue que quedamos de reunirnos en un bar, cerca del metro, esa misma tarde. Yo aparecí con una amiga, mi hermano, y su amigo. Cuatro contra uno, pero cuatro menores de edad. El tipo se puso muy nervioso, y a pesar de que lo que hicimos fue estúpido e irresponsable, sirvió para darnos cuenta que efectivamente se trataba de una persona sospechosa y que igual como dicen los padres a los niños, nunca hay que hablar con extraños. Se explayó mucho sobre sus proyectos, pero carecía de información concreta, lo que finalmente nos hizo retirarnos.

Pudo haber pasado a mayores, él podría haber llegado con más gente, pudo intentar chantajearnos, o haber querido ejercer algún tipo de fuerza. De nuevo, me salvé.

Un tiempo después, caminando por mi barrio con una amiga, pasaron dos hombres mayores que nosotras, en bicicleta. Nos llamó la atención que vinieran en nuestra dirección a tanta velocidad. Cuando nos alcanzaron, nos agarraron los pechos a ambas fuertemente y se fueron rápido en sus bicis. No alcanzamos ni a hablar. En pocos segundos, nerviosas y afligidas, llegamos corriendo a nuestras casas a encerrarnos. Nos salvamos de que no hubieran querido hacer algo más.

Algo así como un año después, todavía siendo escolar, estaba con esa misma amiga (que además era mi vecina) caminando de su casa a la mía, cuando un tipo ya mayor, que parecía venir de una construcción y dirigirse hacia la parada de la micro, nos vio, hizo un sonido lascivo y acto seguido, se sacó su miembro del pantalón y nos lo enseñó. En medio segundo mi amiga ya estaba metros delante mío corriendo y gritando. Yo reaccioné algo después. Entramos con el corazón en la mano a mi casa. Nos salvamos.

Ese verano, junto a otra amiga, íbamos caminando por una calle interior de Pucón, en verano, cuando ya oscurecía. Un hombre comenzó a seguirnos. Mi amiga gritó: “¡Corre! Y llegamos rápido a una calle más iluminada. Como no miré hacia atrás, no sé si el tipo desistió o no pudo alcanzarnos. Por suerte, éramos seleccionadas de cross country. Nos salvamos.

Poco tiempo después, también en verano, estaba en el patio de mi casa tomando sol en bikini. Aun era escolar. De pronto, siento que mi mamá abre el portón de la casa, saca el auto acelerando a concho y persigue a un tipo por la calle. El sonido fue ensordecedor y salí a ver qué pasaba. El hombre se subió a un auto. Mi mamá lo pasó y lo encerró. Se bajó gritando como una loca, lo amenazó de muerte. Le gritó: “si te vuelvo a ver cerca de aquí, te mato. Que te quede claro hueón, te asesino”.

El gallo había estado mirándome por entre la reja por varios minutos, según mi mamá no era la primera vez, pero pudo distinguir que se trataba de la misma persona, y la vez anterior no supo qué debía hacer, por lo que esperó a ver cuál era exactamente la amenaza que presentaba. Mi papá cambió las rejas de la casa. Puso pared por todo alrededor. Me salvé de nuevo. Pero no pude evitar sentir que la única manera de estar a salvo, era estar encerrada.

Así siguió todo en la universidad. Y en lo trabajos, ni hablar. La jerarquía permite que tu superior abuse de su poder a diestra y siniestra. Un jefe, hombre o mujer, sabe que muchos subordinados necesitan la pega. Las cuentas no se pagan solas.

Todos los casos son distintos; yo, por ejemplo, decidí cambiar mi actitud. No sonreír tanto, mostrarme puramente profesional o usar ropas anchas para evitar malas interpretaciones. A veces esto da resultado y a veces no. Hay otras estrategias a usar, como a veces inventar un pareja o incluso un marido. Yo no tengo un marido, y muchos hombres abusadores se alejan si saben que otro hombre querrá defenderte (los hombres respetan solo a hombres). Aunque a veces, si saben que tienes pareja, podrían asumir que recibirán tu negativa y eso los enfurece, por decirlo de algún modo. Pasas a caerles mal.

Pero lo que sí tengo es educación, carácter y el apoyo de una familia. Por eso me di el lujo de poner en su lugar a dos jefes, sin ni siquiera alzar mi voz. Ambos casados, por cierto. Sería demasiado poco decir que me llamaban y escribían en horarios inadecuados, me hacían regalos e invitaciones inapropiadas e incluso usaron su poder para sacarme de reuniones, obligarme a ejecutar trabajos que no correspondían a mi cargo y un largo etcétera de malas prácticas abusivas y cobardes. Era lógico asumir que su ego estaba dañado por mis constantes negativas a sus intentos de pasarse de listos.

Por suerte, yo he sufrido menos acosos de los que he observado. Me consta que hay mujeres que consciente o inconscientemente, viven todo tipo de abusos de forma permanente, pero es difícil involucrarse cuando no hay armas para la batalla. He dado un par de consejos sin que me los pidan, pero más que todo, he aprendido a cuidarme y vivir a la defensiva. Hubo una época en que consideré asistir a todo tipo de conversaciones o reuniones siempre con la grabadora del celular encendida, pero no nos engañemos. Las situaciones más complejas casi siempre son imprevistas.

Es importante que como sociedad, podamos comprender cómo pasan la cuenta este tipo de panoramas, a la larga. Nada es gratis, siempre hay consecuencias. Sobretodo si consideramos que para una mujer, hasta caminar por la calle puede ser un riesgo. Por lo bajo, una mujer escuchará algún comentario alusivo a tu cuerpo.

Ahora, si una mujer sufre un abuso físico y quiere denunciar, lo piensa dos veces porque sabe que será tildada de conflictiva, podría perder la pega si la situación se dio en un contexto laboral, pero además estará sola en la batalla, porque casi nunca se logran conseguir pruebas. Pero si no denuncia, la cuestionarán por no hacerlo y nadie le creerá cuando decida hablar.

Si un hombre violenta a una mujer y ella se resiste, por razones obvias de desigualdad física, se entiende que podría hasta matarla si quisiera. Pero si ella no se resiste, para salvar su vida, se asume que hubo consentimiento, y por lo tanto nadie le creerá que fue violentada. No es fácil. Todos hemos escuchado a Carabineros decir que es mejor no resistirse a un asalto, para no sufrir daños mayores. Pues, si no me resisto a una violación, creerán que di mi consentimiento.

Es importante que cambiemos la sociedad, que la mejoremos. Si no lo hacemos, aquí seguirán las nuevas generaciones, repitiendo el mismo patrón.

Los movimientos feministas no deben amedrentar ni a hombres ni a nadie, lo que deben hacer es exigir educación integral y humana, independiente de la cuna, para todos. El sistema debe educar los diferentes tipos de inteligencias, educar la empatía, el respeto. Eso es lo que nos hace humanos, lo que nos diferencia del resto de los seres vivos: nosotros podemos ser educados, construidos una y otra vez, podemos cambiar y mejorar cada día. Solo necesitamos que exista la voluntad para ello.

Es casi evidente entonces preguntarse: si todo esto es tan lógico, ¿por qué no se hace nada? ¿Qué pasa, que no se toman las medidas adecuadas de una vez? ¿Quién pierde si estas se toman? Y más allá de eso: ¿qué ha sucedido, que todos decidieron maltratar a las mujeres como forma de vida?

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Categorías:Columnas

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