Zapatitos de charol

Antes de entrar al colegio, pensaba que la vida era muy aburrida. Digamos, me parecía fascinante estar viva y quería conocer todo el mundo, porque estaba segura que había mucho más de lo que yo vivía con 4 años, en mi casa, mi pasaje, mi jardín infantil y mi familia. Nada realmente me motivaba en mi día a día y estaba bastante deprimida, lamentablemente a esa edad.

Veía que mis hermanos mayores iban a un lugar llamado colegio y preguntaba a mi madre cuando podría ir yo. Pero aun no era la hora. Hasta que llegó el gran día, mi madre me llevó a dar una prueba a la biblioteca del colegio, yo iba muy nerviosa, no sabía qué me iban a preguntar, nadie me explicó nada, no sabía si me podían rechazar. Me imaginaba de vuelta en mi casa sin haber sido aceptada y me quería morir. Subí las escaleras del colegio hacia la biblioteca pensando que era el fin de mi vida.

Me sentaron en una mesa con una profesora que me comenzó a realizar preguntas. Los colores, los números, los animales. Cosas así. Yo dije, bueno, debe ser el calentamiento a otra prueba peor. Básicamente ya estaba cansada de repetir esas mismas cosas en mi jardín, donde por supuesto me aburría enormemente. Pero de pronto la prueba había terminado. Mi madre me buscó y nos fuimos. Pensé; tuve suerte. Se les olvidó hacerme las preguntas difíciles. Gracias Dios, ya tengo colegio.

Lo siguiente que recuerdo fue salir con mi madre a comprar zapatos para ir al colegio. Debes elegir unos zapatos negros, me dijo. Y entramos a la tienda Calpany. Aun tengo la cajita verde de lata, con el dibujo de un niño pasando un paño a sus zapatos. Registré todo de una sola mirada. Esos, dije, apuntando a unos zapatitos brillantes de charol negro. Tenían un broche al lado y se parecían a los zapatos rojos de la niña del Mago de Oz.

Eran claramente los más hermosos y en mi mente debía elegir lo más hermoso siempre. Mi madre, sin darse cuenta del error que había cometido al darme la chance de escoger yo misma, dudó. Eran zapatos de charol, no sabía si eso estaba permitido en el colegio, pero accedió. Milagro, pensé. Esta era una madre que me había negado por años tener apenas una muñeca.

Entonces, sorprendida de poder haber elegido mis zapatitos nuevos para mi primer día de colegio, llegué al momento más esperado: entrar a clases. Por fin ya no tenía que vivir aburrida y sola en mi casa mientras mis padres trabajaban. Podía ir al mundo y aprender cosas interesantes. ¡Sería una aventura!

Me dio mucha risa -y pensé que era un chiste- ver niños que estaban llorando porque sus padres los estaban dejando en el colegio. Pensé que quizás estaban enfermos, o eran tontos. Lo dejé pasar. Desgraciadamente, como un balde de agua fría, me fui dando cuenta con los días de que este no era el lugar que yo esperaba.

Un día, una profesora decidió que la clase consistiría en enseñarnos a abrocharnos los zapatos. Yo pensé que debía ser una broma. Ya habíamos perdido muchos días haciendo cosas básicas similares; aprender a colgar la mochila, aprender a abrir el cuaderno, aprender a hacer una fila…Como la profesora no vio que algunos llevábamos zapatos de broche y no de cordones, tuvo que separarnos del grupo mientras ella seguía enseñando a hacer el nudo a los más lentos. Una niña entonces se me acercó: “tus zapatos de charol tienen broches. Es trampa”. Que niña tan apestosa, pensé. Pero al menos era comunicativa y sabía qué era el charol. La encontré divertida. Ella fue la única que comentó mis zapatos, claramente los advirtió. Era observadora.

Con el tiempo ella fue mi amiga más cercana durante la etapa escolar. Sin embargo, en trece años que estuve en esa cárcel -así se sentía para mí- no pude aceptar el hecho que estaba perdiendo mi tiempo y mi hambre de mundo solo crecía. Hice lo más que pude del colegio, traté de aprovechar las cosas buenas y salvé como pude de las malas. Vivía bastante horrores, a decir verdad. Las cosas han cambiado, pero no era un lugar amable, de esos donde dan ganas de volver.

Por el contrario, el día que salí para siempre de ahí, para mi ceremonia de graduación, llevé una champaña que agité y abrí delante de todos para celebrar que jamás volvería a pisar semejante lugar. Yo no recibí del colegio lo que necesitaba, pero me quedo con lo bueno. Fui esa alumna que necesitó apoyo en un momento de pequeña y que luego, de adolescente superaba el nivel de lo que se esperaba. No tuve guía, me sentí perdida, y hasta me enfermé. Me convertí en una enferma crónica con dolores en todo el cuerpo sin saber lo que me pasaba. Solo tenía 16 años.

Lloré mucho sola en mi pieza, no sabía por dónde empezar a vivir. La vida no era lo que yo quería y se sentía como un sobrevivir. De pequeña, me esperaba un lugar digno de mis brillantes y hermosos zapatitos de charol. Y de adolescente me imaginé que recibiría a los maestros que cambiarían mi destino. Había un par de buenos maestros, sin duda ellos me enseñaron, pero los otros eran tan malos que daban ganas de rendirse. Me quedé esperando el mundo. No estaba por ninguna parte.

Cuando me di cuenta que yo podía tener buenas notas con cierto esfuerzo y que ya podía empezar a pensar en la universidad, volví a equivocarme. Creí que se trataba de un lugar como la universidad original, la de Grecia, el espacio de encuentros y descubrimientos. El lugar de mis sueños. Traté de sacar también el mayor provecho que pude a la universidad. Luego fui a otra, y luego a otra. Saqué dos carreras, un postgrado y varios cursos y diplomados, pero en ninguno se podía florecer como yo anhelaba. Todo era memoria, competencia, pruebas y actividades sin mucho sentido. ¿Dónde estaba el conversar? ¿El profundizar? ¿El compartir?

La educación -para mí la base de la vida humana-, no era como yo creía. Me vendieron cartones que no llevaban a nada. Quedé sobrecalificada para casi todos los trabajos en mi país, y si mis padres no hubieran sido generosos conmigo, habría quedado además endeudada de por vida. El sistema era una mentira. Una decepción.

Mis zapatos de charol no tenían cabida. Yo quería crecer y brillar, y pensaba que otros debían darme el espacio y el camino. Hasta que me di cuenta; los zapatitos estaban en mis pies, yo los había escogido. Eran para mi, me estaban esperando, y yo era para ellos. Yo quería lucirlos porque sentía que estar viva era una cosa especial, una ocasión, una celebración. Y no estaba equivocada.

Crucé años de educación formal sintiendo que no me daba lo que quería, en vez de ser yo misma quien me diera eso que buscaba. Con el tiempo, hice mi duelo, miré hacia atrás con ternura y pensé que había hecho lo que había podido en ese momento. Me quería quedar con lo aprendido y seguir adelante. Nunca más busqué que otros me dieran lo mío. Hoy busco mi propio destino, elijo dónde pisar y sigo probando terreno en esta vida. Siempre consciente de que mi vida es tan especial como yo determine, y con el brillo de los más lindos zapatos en mis pies. Hay que estar a la altura.



Categorías:Columnas

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