¿Estoy realmente durmiendo bien?

Toda mi vida pensé que yo dormía bien. Tenía tanto sueño a la hora de la noche, que caía rendida con un cansancio profundo. Algunas noches me levantaba al baño y volvía a dormir inmediatamente, siempre entre 7 y 9 horas, sin problema. Es decir, dormía, pero hay que aprender a diferenciar dormir, de dormir bien.

Un día desperté y me di cuenta que había tenido una pesadilla. En un par de segundos, pude reconocer que no era la primera vez que soñaba la misma escena; un tigre o león persiguiéndome. Los pocos segundos siguientes consistieron en ser honesta conmigo y reconocer: había tenido ese mismo sueño desde la infancia, pero nunca había querido recordarlo.

Para mí, dormir bien era dormir las suficientes horas; yo no me quedaba mirando el techo con los ojos abiertos por horas, no me desvelaba, no me paraba de la cama. Yo dormía, pero dormía mal. Había estado equivocada toda mi vida. Entonces, ¿qué hacer? Dejé un cuaderno y un lápiz en mi mesa de velador y me propuse anotar cada sueño que recordara. Al cabo de un par de meses fue un poco triste mirar lo que había escrito; había solo pesadillas.

De hecho, yo acarreaba un problema de bruxismo muy agresivo, que quiere decir apretar los dientes en la noche, mientras se duerme. Se puede llegar a hacer tanta fuerza con la mandíbula, que hay quienes han alcanzado a rompérsela. Hice un tratamiento, básicamente debía proteger mis dientes con un plano de relajación, pero eso no evitaba que los sigas apretando.

Tampoco ese tipo de medidas evita que sigas soñando situaciones angustiantes, sin escapatoria o imposibles de resolver. Me había propuesto resolver dentro del mismo sueño, semi dormida, cualquier cosa que ocurriese, y algunas veces lo logré. Escapé de monstruos y pude sortear problemas, pero las pesadillas siguieron apareciendo.

Me di cuenta que estando en vigilia, en mi vida cotidiana, generalmente siempre estaba alerta y buscando la salida a cualquier posible problema que se pudiera presentar. Siempre estaba pendiente de cómo escapar. Así fue como, sumando y restando, pude llegar a la raíz del todo el asunto; traumas infantiles. Suena cliché decirlo, pero muchos de nuestros problemas se generan en la infancia. Y el trauma es un fenómeno curioso, que para todos funciona diferente.

Me había pasado la vida planeando la escapatoria a un posible asalto, a un posible ataque en la calle, e incluso guardaba en mi auto una botella de vidrio como arma, en caso de necesitarla. Tenía en mi cartera un botón de pánico y no había momento del día en que no estuviera a la defensiva. Había un estado que me acompañaba sin que yo me hubiese dado cuenta.

Fue necesario ceder y aceptar que todos somos diferentes y que lo que pudo afectarme a mí en un momento dado, quizás no hubiera afectado a otro. Tratar de reconocer mis sensibilidades y mirar el pasado con compasión, era un paso necesario y urgente.

No tenía idea de cómo iba a dejar tantos automatismos -y aun no los resuelvo del todo-, pero sabía que era hora de asumir que mi calidad de sueño era derechamente mala. Yo lograba quedarme dormida de cansancio, pero nunca alcanzaba un estado de relajación profunda, que me permitiera realmente recomponerme y descansar.

Acudir a medicamentos como primera opción no era lo que más me llamaba. La idea era resolver el asunto, de a poco, con paciencia, enfrentarlo. Sí me apoyé de homeopatía, aunque no con demasiados resultados. Al menos, nada de esto afectaba las horas del día, o no aparentemente, pero sí me había propuesto no seguir pasándolo mal en mis sueños de noche.

Comencé por ser amable conmigo. Mi cuerpo no estaba haciendo otra cosa más que mostrarme lo que me pasaba. había un estrés que yo no quería mirar y por fin lo podía reconocer. Fue un alivio. Lloré, estudié el tema, me frustré, pero no me rendí. Tenía mi cuadernito y podía ver los patrones que se repetían. No todo el mundo recuerda siempre lo que sueña, pero hice lo posible por anotar todo lo que me quedara vivo en la mente.

La repetición de ideas se fue aclarando y de a poco fui identificando qué aspectos trabajar más; miedos, ansiedades, etc. Me di cuenta que mi corazón se sentía alterado, que a veces sentía un poco de claustrofobia también, y que durante tanto tiempo había sometido a mi cuerpo a una falta de cuidado que me impactaba.

El camino sería largo y lento, no importaba. Todo camino empieza con un primer paso. Por fin ya sabía que yo nunca había dormido bien, recordé el miedo a la oscuridad que había tenido de niña, y las noches en que mojé la cama sin entender por qué. Había toda una historia que sanar y la abracé.

Hoy no puedo decir que duermo bien, pero nunca mas hice caso omiso de lo que me pasaba. Creo que dormir es una de las cosas más importantes de la vida -es literalmente la mitad de nuestras existencia- y en lo personal siempre sentía que necesitaba mi cama. Era porque estaba desgastada y cansada.

Hay ritos muy interesantes que se pueden realizar para dormir mejor -desde pensar en cosas agradables, hasta elegir bien las sabanas-, y en general la higiene del sueño es todo un mundo para quien quiera saber más. Espero que los lectores puedan encontrar en este testimonio una luz a sus dudas y así preguntarse; ¿estoy yo durmiendo bien?

Les dejo este link de la Clínica Mayo al respecto, que siempre es muy clara y pedagógica para explicar los temas:

https://www.mayoclinic.org/es-es/healthy-lifestyle/adult-health/in-depth/sleep-the-foundation-for-healthy-habits/art-20270117



Categorías:Notas y Entrevistas

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