¿Cuándo nos sueltan?

Se rumorea que nos sueltan el jueves, me sopló una amiga que trabaja cerca del Ministerio de Salud. ¿Nos sueltan? Le dije yo. Sí, me dijo. Ya, pero es que a mi nadie me amarra o me suelta, es decir, no somos animales. Lamentablemente esa jerga, esa manera de decir eso y tantas otras cosas, que están pasando hace un año en el mundo, crea la realidad.

Palabras como cuarentena, aforo, vacuna, permiso de commisaría, portonazo, tapaboca, virus, confinamiento, etc., son la realidad hoy. ¿Cómo sucedió? Y ¿qué pasa si no queremos que la realidad sea así?

El lenguaje es lo primero, nos comunicamos por medio de las palabras, incluso pensamos en palabras. Si cambias el lenguaje, cambias la realidad. Se está instaurando un neolenguaje, igual que en la novela “1984” de Orwell, como forma de dominación y control.

El famoso “todes” o el “niñes” se ponen de moda sin que tomemos el peso de lo que estamos diciendo y haciendo. El lenguaje siempre ha sido inclusivo -aunque esa discusión es más larga-, cambiarlo modifica la base desde donde todos podemos comprender lo mismo para entendernos. Modificar arbitrariamente algo, genera una división extrema. Teníamos un lenguaje común, vivo sí, cambiante también, pero no lenguas dentro de lenguas.

Si llega Cristóbal Colón a la costa caribeña y se topa con un pueblo originario, y ambas partes tienen su propio idioma, simplemente no se entienden. Las profundas raíces de cada lengua son diferentes y no logran un punto medio de contacto. Fue así, en gran medida, como los allegados no comprendieron la cultura local y la atacaron violentamente. Corrió tanta sangre como se pueda imaginar. Hay que preguntarse qué habría pasado si hubiesen tenido un lenguaje común.

La no discriminación no tiene que ver con la inclusividad. Estamos desde siempre y por existir, todos incluidos aquí. La meta es no discriminarnos, tener una cultura de educación de géneros, sin la cual un cambio de palabras no consigue nada. Es, además, la forma más agresiva de abordar el problema, porque quita el piso común y ya no podemos alcanzarnos.

Con la pandemia, pero también antes de ella, nuevos conceptos moran la boca de las personas tan habitualmente, que son parte de la realidad y la generan. Nadie se imagina hoy un día sin portonazos. La autoridad no quiso atacar el problema durante años, y hoy debes asumirlo como parte de tu realidad.

Lo mismo con la pandemia, el permiso de salida, por ejemplo, está en nuestras bocas cada día; hoy tengo permiso para salir, saqué el permiso, necesito un permiso, no pude obtener un permiso…Y así, llevamos mucho tiempo viviendo a costa de permisos. Todos sabemos que no es lo normal, o lo bueno, al igual que no lo son los portonazos, pero ahí están.

El confinamiento -medida profundamente errada y sin base científica- es una norma impuesta por la fuerza, inconstitucional y altamente dañina para la salud. Toda la salud, no solo la física. Confinar es reducir la tribu, o derechamente quitar la posibilidad de conformarla, y no se puede hacer vida sin tribu. Confinar es aislar el espíritu, es alienar al ser. Y ese es solo el paso previo a cosas peores, a intentos más directos de robotizar toda la vida. Deshumanizarla.

Todo lo que ha pasado en el último tiempo en Chile, y en el mundo, toda la locura que estamos viviendo, es dirigida y ejecutada por un grupo menor de líderes psicópatas en cargos de poder, orquestados -casi milagrosamente- en todo el mundo con fines absolutamente oscuros.

Y decirlo así, tal cual como es, trae a flote otras palabras: conspiracionista, terraplanista, antivacuna, covidiota, etc. Todos estos nombres fragmentan a la ciudadanía justo en un momento en que descubríamos que juntos tenemos el poder de cambiar todo. Juntos, que no significa iguales, podemos construir la vida que necesitamos, pero el “divide para gobernar”, de Maquiavelo, ha imperado. Quienes orquestan esto, vaya que consiguen buenos resultados.

Lo primero fue la palabra, el logos. Cuando crecemos, queremos nombrar las cosas; apuntamos y preguntamos a nuestros padres para que nos digan el nombre de las cosas. ¿Qué es eso? ¿Cómo se llama? Es nuestro modo de comprender el mundo. Entonces dar el peso que tiene al lenguaje, nos servirá hoy para medir nuestra boca, demorar en hablar, esforzarnos por decir lo que pensamos, pero no repetir lo que otros instauran como ideas digeridas.

Principalmente, pensar antes de mencionar una palabra, para no llegar y decir lo que quieren que digamos, permitirá que no nos manipulen o dominen. No es un portonazo, es un asalto, un delito a mano armada, está penado y debe ser perseguido por la ley. No es algo que de pronto sucedió, como un zarpazo de una bestia indomable y salvaje que nadie puede controlar, no. Es un acto contra el que se pueden hacer muchas cosas, penado por ley y que debe ser combatido.

No es confinamiento, es una ilegalidad sin justificación científica que no ha tenido resultados en nada de lo que se había dicho. Es un abuso, un aprovechamiento de la fuerza y el poder. Y no es una pandemia, porque para serlo debe estar matando muchas más gente de la que muere hoy. Los orquestadores lo saben, por eso cambiaron el significado de la palabra pandemia el 2009, para que se le pueda llamar pandemia a cualquier virus que se encuentre en los 5 continentes.

¿Lo ven? Cambiaron el significado de una palabra, y solo eso les permitió justificar todo lo demás.



Categorías:Columnas

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