Mujer de 40: la plenitud

¿Eres hoy la mujer que soñaste ser en tu adolescencia? Afortunadamente, no. Por fin ya ha muerto la fantasía y, con cuatro décadas, se puede pisar suelo más firme. Cumplir 40 para una mujer es un ciclo potente; significa que se han sobrevivido muchas cosas en un ambiente desafiante, se han aprendido otras cuantas y empieza -ojalá- la segunda mitad del viaje; con menos maletas y más comodidades.

Cumplir años siempre ha sido para mí un momento íntimo, me gusta celebrar pero no de un modo impuesto. Aunque algunas veces lo hice, recuerdo que no lograba disfrutar cuando tenía que atender invitados o soplar velas en una torta, porque es la tradición. Me encantan las tortas, pero otras cosas más profundas cruzan mi mente en cada cumpleaños.

Por un lado, son el recordatorio de que pronto me iré y el tiempo me pilla. Por otro, son el momento para honrar la vida, este mundo y yo en él. Es un momento para perdonar, comenzar de nuevo, agradecer y reordenar. Y con cuatro décadas, ese proceso trae más alivio que antes, más claridad en las prioridades, más línea directa con lo que importa. Si bien queda mucho por recorrer, se hace todo, de algún modo, más fácil.

Ya no hay espacio para trabajos malos, pololos malos, amigas malas, hasta familiares malos. Malo, nada. Tóxico, fuera y sin demasiadas explicaciones. Todo lo bueno ocupa el espacio, porque ahora sí sabes más sobre tu valor y has tenido el tiempo suficiente para conocerte y validarte. A los 40, puede venir -ojalá para todas- una visión iluminadora; habían cosas que no eran tan complicadas como parecían.

De pronto, el humor hace su entrada y tiñe las experiencias, buenas o malas, de un color anecdótico. Lo vivido se puede integrar ahora, cuando ya no lo estamos viviendo. Hay ahora un cierto espacio hacia atrás y se puede mirar el camino recorrido para reconocer un avance por medios propios, a pesar de las dificultades.

Una mujer de mediana edad ya sabe de dónde viene, quiénes son sus padres -su raíz-, quién es ella y hacia dónde va. Y eso no es más que practicar los códigos propios, los principios, los valores y la maestra intuición, que antes no escuchábamos. Lo externo toma su lugar, pero no ocupa todo. Lo interno, en cambio, probó ser más necesario. Cómo me siento, qué necesito, cómo puedo crecer, cuánto puedo aportar; son preguntas más frecuentes.

Hoy, una de las cosas que parece más relevante celebrar es que me traje hasta aquí desde la niñez y que esa niña ha crecido, ha experimentado, se ha nutrido, ha cambiado y ha buscado la luz del sol para florecer, con esfuerzo y esperanza.

A los 40, muchas mujeres damos a nuestra niña interior por fin su lugar; la amamos tal como es, la cuidamos, escuchamos y vemos. Trato siempre de recordar que esa niña tenía millones de preguntas y que es bueno centrar mis energías en satisfacerla. Recordar que esa niña a veces dudaba, y que yo puedo darle las confianzas. Que al final del viaje de la vida, a la única que le debo explicaciones es a ella. Me debo a ella, a no fallarle porque si ella está bien, la mujer en mí tiene paz.

A los 40, esa inocencia de antes no se ha perdido, pero tiene su justo valor; hemos superado los cuentos de cómo la vida debe ser, y vuelto al origen de cómo se sentía. Así, me encuentro a veces acurrucando a esa niña cuando se sintió asustada, y a veces tomándola de la mano y llevándola a pasear a alguna aventura nueva, para calmar su entusiasmo de estar viva. Ella se siente dichosa y entonces me completa.

Este es mi segundo cumpleaños desde que comenzó toda la locura mundial del covid, una que se siente como si por dentro me hubieran quebrado algo, pero ese es otro tema. La violencia que hemos vivido, en todo sentido, dejará huellas, sin embargo sigo aquí. Aun quedan aprendizajes pendientes. Y ese mi regalo de cumpleaños.

¿Significa que cumplir 40 años es tener todo resuelto? No, qué aburrido. Pero, sin duda, se llega a ser más resuelta. Por tanto tiempo, como mujeres, nos hemos comido la mala onda generalizada en todos los ámbitos de la vida, tantos que en un punto la montaña se hacía enorme frente a nosotras. A medio camino, yo no quiero seguir mirándome los pies cansados, sino disfrutar de la vista; es muy linda. Los atardeceres me enamoran. No me interesan los accesorios.

Hoy, en el día de mí cumpleaños, le pido a esa pequeña que fui que por favor siga en mí hasta el último día. Que la mujer en mí la incluya, que la adulta la guíe y que mi próxima versión la haga brillar. Feliz cuatro décadas a todas las mujeres del mundo, ¡hemos llegado hasta aquí! Feliz nuevo trayecto; plenitud, libertad y prosperidad para todas.



Categorías:Columnas

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