Las huellas de un trauma

¿Quién no ha vivido situaciones traumáticas en su vida, en mayor o menor medida? Maltrato, un accidente, la pérdida de un ser querido, abuso, abandono, grandes giros o cambios bruscos de fortuna, un asalto, vivir una guerra, etc., experiencias que causan una especie de cortocircuito emocional y psicológico, a veces incluso con pérdida de memoria. Los recuerdos están en la memoria, pero no en la zona de acceso primario. Sin embargo, desde ahí pueden generar diversos síntomas, muchos de los cuales nos cuesta reconocer como algo que nos perjudica.

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Lo relevante es aprender a sanar, intentando aceptar que hemos vivido una situación traumática e identificando hasta qué punto nos afecta. Muchas veces queremos ser más fuertes y estar por sobre lo que la vida nos arroja. O preferimos no mirar esas zonas de nosotros mismos, que nos causan dolor. Pero llegado el momento, queremos enfrentar el trauma y no sabemos cómo. Partir por mirarnos es clave; algunos indicios pueden ser insomnio, ansiedad, vergüenza, angustia, irritabilidad, enfermedad crónica, anhedonia, amnesia, sentimiento de culpa, miedo, falta de concentración, entre otros. Sucede que perdemos el equilibrio psicológico y esto puede causar desde aislamiento, estrés postraumático o llegar a una depresión.

El trauma se genera porque ante un choque emocional, no tenemos los mecanismos para manejar la situación. El daño puede ser duradero y se queda en el inconsciente, generando efectos potentes. Una situación estresante o un miedo muy intenso que no podamos gestionar, no pasa desapercibido para nuestro sistema; cuerpo, mente, alma.

A veces se produce un trauma acumulativo, como resultado de una larga exposición a situaciones complejas. Esto desborda a la persona y no logra integrar lo que sucede para poder afrontarlo. Los síntomas pueden bien afectar nuestra vida, al nivel de no poder controlarla.

A veces sabemos que existió una experiencia traumática pero el miedo a repasarla, la llamada revictimización, es más grande que el deseo de superarla. La revictimización es un concepto que no se hablaba hace 10 años, y que hoy tiene legitimidad absoluta, por cuanto revivir la situación genera un sufrimiento relevante, tanto o más grande que la experiencia misma. No obstante, hacerlo con la guía adecuada, puede valer la pena.

Procesar lo ocurrido, hacer un duelo si aplica al caso, crear una narrativa, reconstruir los hechos, hablarlo, resta impacto y deja la experiencia como eso; una experiencia, y ya no como un trauma. Trabajar la escena, analizarla, interpretarla y resignificarla, puede desbloquear e integrar todo de modo de aprender que no es necesario reaccionar siempre del mismo modo a ese recuerdo. Eso le quita importancia y libera. Hoy existen muchas técnicas psicológicas, desde la terapia conductual, hasta la hipnosis, que brindan alivio y devuelven la salud mental. Por eso es tan relevante repetir siempre que tenemos el derecho y el deber de pedir ayuda.

Si pienso en mí, por ejemplo, puedo hacer el ejercicio e identificar un trauma en mi infancia. Es un recuerdo que olvidé por años, sino décadas. Lógicamente, era pequeña y no contaba con herramientas para enfrentar la situación. Al volver a él, me siento un tanto incómoda y percibo que un estado de alerta se enciende en mí, de no calma, como si no pudiera entregarme al momento con confianza. Yo lo describiría como leve, sin embargo muy vívido y real.

Si tuviera que encontrar síntomas, diría que sin duda es un recuerdo que puede hacerme sentir nerviosismo, con tensión en el cuerpo y agitación. Si tuviera que analizar más allá, diría que siempre traté de evitar situaciones que se parecieran a la que viví. Creo que con el tiempo, leer, estudiar, querer avanzar y desear estar bien fueron cosas que me ayudaron a dejar de vivir hoy como si esa situación aun existiera. No obstante, reconozco que recibir guía o ayuda me serviría para soltar la memoria y los sentimientos que tengo hacia ella.

Una vivencia catastrófica o amenazante, necesariamente debe constituirse en un trauma, ya que el ser anhela vivir en armonía y bienestar. Sentir que no hay escapatoria, que no se puede huir, que no hay a quién pedir ayuda deja una sensación de que la vida es un lugar hostil. De que estar aquí es peligroso.

Lo sabio es querer digerir y procesar lo sucedido, aliviando la verdadera desregulación bioquímica que sucedió en el cerebro -alterando incluso a veces mecanismo hormonales- que nos resta bienestar. Además, dependiendo del trauma, este puede llegar a afectar también al entorno de la persona, dañando a todos.

Todos merecemos vivir en paz, con salud y en confianza. Busquemos ayuda y demos el paso a mirar el trauma de frente, para borrar sus huellas y solo quedarnos con el crecimiento y el aprendizaje. Los hechos no son fijos, sino que pueden ser revisados y redescubiertos en su sentido. Al final de la vida, haber integrado cada experiencia, buena o mala, nos completará en lo profundo, permitiéndonos soltar y dejar ir en paz.



Categorías:Notas y Entrevistas

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