No temer la muerte

Reconozco el temor que sentí en un par de situaciones donde pude haber muerto repentinamente. También, la angustia que me dio en otras tantas, donde personas cercanas estuvieron envueltas en accidentes casi fatales. Muchos hemos tenido experiencias cercanas a la muerte, y otros tantos han perdido a un ser querido. No nos educaron para saber llevar la muerte como parte de la vida, sino más bien hemos aprendido que hay que temerle, no hablarla y hasta odiarla incluso. Sin importar cómo sea nuestra vida, el tema de la muerte nos toca cierta fibra delicada.

Mi abuela me dijo que no había que temerle a nada. Yo quería hacerle caso, me parecía lo más sano, pero fue difícil mantener el control una vez que casi caigo al mar antártico, de noche, con olas de casi 3 metros, en el contexto de un viaje por trabajo. Recuerdo que cuando finalmente estuve a salvo, fue curioso advertir que mi mente estaba enfocada, pero mi corazón latía a mil por segundo, como nunca antes en mi vida. La mente sabía que ya todo estaba bien, pero el corazón siguió sintiendo por horas, y hasta hoy. Es doloroso recordar la escena, porque por una negligencia de la tripulación del buque, mi muerte habría sido una muy trágica, con un cuerpo difícil de encontrar en esas aguas oscuras y muy lejos de mi hogar, siendo aun muy joven y con muchas experiencias por delante. Pero me sirvió para reconocer que la muerte está aquí todo el tiempo, al lado, esperando.

Esperando cuando entra un tipo a la tienda con una pistola para asaltar y tú estás ahí, esperando cuando en una carretera alguien casi te choca a alta velocidad, igual como esperó cuando la hélice de un helicóptero casi te cortó la cabeza o sacaste un enchufe del interruptor a los 11 años, y sigue esperando aun, tanto tiempo después.

Soy de las que tiene una opinión formada y crítica de las organizaciones médicas y sus famosos protocolos clínicos (algo que es igual para todos, siendo que todos somos diferentes). Me apasiona la medicina, pero he visto demasiadas veces cómo se usa para lucrar y aprovecharse de las personas. No en una, sino en dos ocasiones, he escuchado a doctores decirme que debo tener cuidado, que podría tener cáncer. Una vez fue precautorio y al final una accede a los procesos o tratamientos para prevenir, pero en otra oportunidad usaron el miedo para tratar de convencerme de una operación invasiva, no justificada. Finalmente, a través de exámenes y evidencia, demostré -y me lo quería demostrar a mí misma- que estaba perfectamente sana, como era acorde con mi estilo de vida.

Desde luego, esos exámenes más precisos no fueron recomendación de los médicos, sino iniciativa propia. Ellos ganan por cantidad de operaciones al mes. Todos quieren hacerte biopsias, tajos, puntos, pero mi experiencia me dictaba una actitud conservadora de tratamientos previos y exámenes permanentes de monitoreo, que finalmente arrojaron la verdad.

Sin embargo, recuerdo el pavor que sentí en un momento cuando mencionaron la palabra cáncer, sin arrugarse. Lo primero que pensé fue en la liviandad con que se usa y luego en la crueldad del sistema y lo afortunada que era yo, que podía pedir más opiniones o usar recursos para indagar más a fondo, con exámenes costosos.

En Chile -y el mundo- se paraliza absolutamente todo por un virus, pero los mismos que lo hacen anuncian que la mayor causa de muerte del 2022 será el cáncer. No era necesario decirlo, en todo caso sabíamos de antes que el cáncer mata muchas más personas que el covid19, y nadie para la vida entera por eso. Es una palabra, «cáncer», que se usa para hacer una campaña del terror, para controlar por miedo, al punto de que un candidato para escribir la nueva Constitución inventó tener cáncer con el fin de conseguir simpatía y con eso, votos.

Cáncer igual a muerte, te dicen. Solo que es mentira; no es necesariamente así. Ni todo lo que parece cáncer es cáncer, ni todo cáncer mata, ni debemos sentir temor de morir. Mucho más temor deberíamos tener del sistema de salud, de los políticos de turno y de la ignorancia y salvajismo de la masa acrítica, que valida los horrores que vemos en el mundo cada día.

Le temo a la verdadera crisis de salud mental que han creado las «autoridades» con sus medidas anticientíficas, al verdadero fomento que hacen de la drogadicción y las adicciones en general, sin prevención y con desinformación y falta de educación. Le temo a quienes tienen el sartén por el mango, pero no los vemos, y solo vemos a esos que nos dicen lo que debemos hacer. Ellos son bastante de temer.

Pero, ¿la muerte? ¿Morir? No. Morir es lo que corresponde, no es malo, ni bueno en sí mismo. Hay culturas que tienen siempre presentes a sus muertos, lo cuenta muy lindo la película «Coco». Qué maravilloso es recordar a quién vivió, aportó, amó, y ya no está en vida, pero se encuentra en detalles, ideas, olores, sensaciones y en nosotros mismos.

Hoy, y hace casi 2 años, nos bombardean con historias de personas muriendo solas en hospitales, y mi temor más grande no es que mueran porque lamentablemente enfermaron, sino que habiendo caído ahí exista la orden por la fuerza de alejar a sus seres queridos, impedirles que se asomen, que acompañen, e incluso que hagan un ritual de despedida. Mi pánico es que una vez idos, las familias tengan la prohibición de hacer una autopsia para comprender lo que sucedió y así tener un poco de paz.

El temor no es irnos o perder a alguien. Todos vamos a morir, pero repulsa ver la deshumanización injustificada, que es impuesta por una dictadura mundial, donde del vivir o morir se hace un uso, para tener control y poder.

Habemos quienes no temblamos cuando nos amenazan con apocalipsis de muerte masiva, sino que temblamos al ver que una masa irreflexiva utiliza eso para justificar las aberraciones más grandes de la historia. Las personas responsables de este mar de horror mediático, de obscenidad, pornografía y apología de la muerte, deberían estar presas por crímenes contra la humanidad.

Estamos choqueados no porque existe la muerte en todas sus formas; la enfermedad física, mental, los accidentes, los desastres naturales, los virus y bacterias, la vejez; sino porque nos muestran la muerte de una manera que no es.

El único modo de no temer más algo, es hablándolo, lo sabe la psicología. Cuando experimenté angustia por posible muerte mía o ajena, no era debido al dilema de estar viva o muerta, o el temor a lo desconocido, o el dolor de quienes quedan; era algo mucho más profundo: ¿estoy valorando realmente mi vida? ¿Cuán viva estoy? ¿Qué hago con mi tiempo que me haga sentir viva? ¿Cuánto miro la naturaleza y me asombro? ¿Cuánto tiempo me tomo para jugar con un niño? ¿Aprecio cada inhalación de aire? ¿Me despierto agradecida? Finalmente: ¿vivo en un mundo donde estar vivos y ser humanos tiene el valor que corresponde?

Me fui de ese trabajo que casi me quitó la vida. Me hizo recordar que me significa mucho estar aquí, que respeto y valoro a todos los que también lo están, que honro este misterio, este milagro que siempre he tenido ganas de celebrar: estamos vivos.

Yo podría temer muchas cosas, pero no la muerte per sé. Temo este sistema que no valora a nadie. Uno para el cual somos números, clientes, contribuyentes, trabajadores. Temo esa educación laboral sin alma que estamos dando a los niños en los colegios. Temo de doctores que no quieren ayudar a nadie, de medios de comunicación que no quieren decir la verdad y de la ignorancia que arrastramos todos. Todo eso, nos impide amar la vida.

No está en mí quién nace, quién muere, cómo o cuándo. Está en mí reconocer si no estoy viviendo como anhelo, de ese modo que deseo para todos, del modo en que valga la pena, en libertad, paz, cambio, crecimiento, alegría, amistad. Con valores, con principios, con humildad, con coraje, etc.

Tengo un abuelo que no conocí, que cruzó el Atlántico en quizás qué condiciones, para darnos a su descendencia una mejor vida. Hizo fortuna en Chile, pero perdió todo por alcoholismo. Un especialista me explicó que muchas veces, eso se da cuando la persona siente culpa; él se salvó, pero muchos quedaron allá en su tierra de origen, sufriendo.

Por todos quienes ya no están, en honor -valor perdido- a ellos y quienes dieron todo por mejorar la vida, debemos dejar de temer. Y lo contrario a temer, es enamorarnos de la vida, para nunca enfermar de pánico. El amor es preventivo y además sana, está mega comprobado científicamente. Que llegue ese momento final a nosotros y sintamos; no hay problema, es el momento perfecto. Y en vez de latir el corazón a mil por hora, se calme cada vez más…tranquilo. Hasta parar, en paz.



Categorías:Columnas

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