Enseñar yoga infantil

Una de las experiencias más maravillosas de mi vida, fue meditando en una clase de yoga grupal. Ese día llovía, y llegué con unos amigos a un grupo del que veníamos siendo parte hace un tiempo, donde casi todos nos conocíamos y ya nos sentíamos seguros, aprendiendo juntos. Los detalles me los guardaré siempre, porque son un regalo muy especial que atesoro como experiencia, sin embargo es muy interesante hablar sobre los beneficios de aprender sobre nosotros mismos, nuestro cuerpo, mente y espíritu.

Cuando tuve la chance, tomé un curso para especializarme como instructora de yoga, pero para niños. Sabía que eso era lo que hacía falta. Pero ahora acabo de dejar dicha enseñanza, cerrando un ciclo de seis intensos años. Cuando empecé a hacer yoga había recién entrado a la universidad, pero mi mamá me había llevado a una de sus clases cuando era niña y creía que ya sabía un poco de qué se trataba. Parecía gimnasia y a veces no se notaba como que el instructor supiera bien de lo que estaba hablando. Eran los años ´80 en Chile, pero cuando pude adentrarme más ya estábamos en el 2000 y mucho conocimiento había llegado desde Oriente. En pocos años, el país se llenó de escuelas de yoga.

Cuando salí de la universidad me fui un mes a conocer India, otra experiencia que atesoro. Me sirvió principalmente para saber que a la hora de enseñar, no se deben enfatizar las formas -vestirse de blanco, encender un incienso, adorar un gurú-, sino el fondo. En esta disciplina es muy fácil caer en caricaturas. Recientemente, al regresar de estas vacaciones de invierno, pensé mucho en ese viaje y en que mi intuición me dice que ya no siga en la misma dirección. Planificando nuevos horizontes, enseñar yoga a niños quedó fuera y llevo unos días debatiéndome entre si es una decisión que me pesa, o una que me libera. Si soy honesta, quise educar esta disciplina porque para mí habría sido muy útil tenerla durante mis años escolares. Pero lo que están viviendo los profesores hoy, es tan agotador e injusto, que incluso saber que el valor de la educación es gigante, no compensa los sinsabores del oficio.

Niños de todas las edades hoy están completamente bajo un modelo único de adoctrinamiento y desmoralización. Sacarlos de ahí y guiarlos, es la tarea más titánica que existe en la actualidad y con mucha tristeza tengo que reconocer que el sueldo no vale ese gran trabajo. Los niños, que son lo más importante de la sociedad, muchas veces ni siquiera son capaces de expresarse de forma clara, porque su salud mental está perturbada y su entorno enfermo.

¿Por qué tengo un diagnóstico tan negro? Porque educar ya era titánico antes, ya había que hacer magia para convencer a menores de querer adquirir conocimientos y desarrollar habilidades, en un ambiente violento y caótico, donde el valor por la autoridad y el maestro estaba muerto. Pero ahora, además, hay que hacerlo con la cara tapada con la excusa del covid. Conectar con ellos, que era muy difícil, pero no imposible si te gusta enseñar, ahora es como intentar conectar con zombies. Lógicamente mi motivación principal nunca fue la económica, pero todo llega a un punto en que si los colegios se niegan a educar y los niños quedan a la deriva, un profesor no puede luchar solo contra el sistema, las largas horas y los malos sueldos. Yo misma perdí mi equilibrio en un momento, se me olvidó hasta respirar.

Mi cuerpo no perdió elongación o resistencia, pero me quedé sin fuerza. Un grupo de niños no es algo que cualquiera pueda manejar bien. Son energéticos, ruidosos, activos, y hay que cuidarlos, no saben siempre lo que hacen. Muchos creen que educan cuando en realidad están tiranizando, moldeando, amaestrando, con autoritarismo o con ideología. Eso no es educar. Cuando un grupo de niños pierde el respeto por su profesor, es justamente porque advierten que lo que están recibiendo es falso. Y si quienes deciden los contenidos y las formas, no tienen la ética necesaria, ningún profesor puede enseñar habilidades o principios, que es lo que buscamos en el aprendizaje significativo. Un aprendizaje para la vida y no para servir a un sistema.

Cuando tomas aires lentamente, retienes un momento, botas lento por la nariz, tres veces, en silencio, espalda derecha, en un ambiente seguro y cómodo, puedes tomar conciencia de lo que pasa en ti y a tu alrededor. No existe espacio para eso hoy en un colegio. La idea es que un niño no pare nunca; tenga muchas tareas, actividades, miedo de contagiarse, competencias, pruebas, notas. Miedo por su futuro. ¿Cuándo puede hablar libremente sobre sus procesos, dudas o emociones?Lógicamente, yo estuve en un colegio que sí tenía las intenciones de brindar ese espacio, pero nunca lo logró del todo. Y no es tampoco toda su culpa. ¿Quién está detrás de que los niños no puedan desarrollarse como deben? ¿Un gobierno? ¿Un poder?

Una de las principales razones por las cuales enseñar yoga a niños es casi imposible hoy, es que no es algo que ocurra en todos los colegios. Los niños se comparan, pero además, ¿qué se saca con brindar herramientas integrales en un lugar y no en otro? ¿Cómo se deben relacionar los niños de una sociedad, para compartir y enriquecerse? Estas son preguntas que, aunque profundas, se hace un profesor cada día. ¿Para qué hago lo que hago?

Y cada día encontraba mi respuesta; alumnas como Agustina, una chica increíble, ahora ya preadolescente, con mucha facilidad física, se sentía que pertenecía en una clase como yoga. Entusiasta, alegre, buena compañera, tenía inquietudes y le encantaba aprender. ¿Por qué ella no estaba desconectada de sí misma, como muchos otros alumnos? Las razones son múltiples, pero principalmente su familia le brindaba un ambiente apropiado. Cuando en medio de los encierros covid, ella nunca falló a su clase online y siempre se conectó, aprendiendo y empujándose a sí misma un poco más, yo debía estar a la altura. Si ella perdía el equilibrio, volvía a intentarlo, como una guerrera. Me emociona pensar que nunca se lo dije, pero fue ella quien me sostuvo en esos días. Saber que debía estar bien para una alumna, mientras el caos imperaba en todas partes, me salvó de tirar la toalla en un panorama muy desafiante para todos los profesores del mundo.

Cuando volvimos a vernos, estaba tan grande y a pesar de todo quería seguir aprendiendo, incluso con una mascarilla que dificultaba respirar…Pero el colegio decidió que si un número suficiente de niños no se inscribía en su mismo nivel, no se podía llevar a cabo esa clase. Muchos niños manifiestan deseos de pasar las tardes en casa, jugando en una pantalla o viendo Netflix, encerrados. No es inteligente demonizar la tecnología, pero lo dicen como si la jornada escolar entera fuese tan agobiante, que solo necesitan evadirse un rato. Quizás lo es, no solo agobiante, sino que desmotivante y vacía. Por suerte logramos despedirnos con Agustina, ella fue muy estoica, dijo que tomaría clases fuera del colegio y estoy segura que su familia la apoya. La verdad, por dentro sentí que la defraudaba pero sé que es mejor idea. Solo espero que pueda estar en un lindo grupo, contenido, guiado, con aire, mirándose las caras, conociéndose, enriqueciéndose.

Si las familias supieran lo importante que es estar para sus hijos, todas tendrían una Agustina lista y preparada para aprender lo que sea que le guste o llame la atención. En vez, tenemos familias que depositan niños en un colegio, para que el resto se haga cargo de criarlos. El colegio nunca ha podido ni podrá brindar lo que debe dar la familia, pero sí puede ser un lugar amable, paciente, seguro y que ponga el desarrollo humano por sobre todas las cosas. La situación actual dista mucho de eso, las comunidades escolares están neuróticas y temen que en cualquier momentos todo se les salga de las manos. Lo que lleva pasando en el Instituto Nacional estos últimos años, puede ser mañana cualquier colegio.

Hace un tiempo tuve un alumno que no podía meditar ni relajarse. Era inquieto, pero no rebelde, solo se sentía absurdo en la situación de estar tranquilo consigo mismo. Me recordó lo que era sentirse como una niña confundida, sin paz, a una edad donde no se tiene el control. Cuando pasa algo así, me llevo de vuelta a esa preciosa experiencia de día de lluvia, en una meditación grupal agradable, donde sentí la maravilla de estar viva. Desde ahí me acerqué a este alumno y lo guié en voz baja, permaneciendo cerca, asegurando en todo momento su comodidad y empujándolo un poco a intentarlo. Cuando de pronto se relajó y su panza se infló lentamente de aire profundo, vi que no es tan difícil volver a nuestro centro, pero que si no brindamos el espacio para hacerlo, podemos perder la valiosa oportunidad de sembrar la semilla.

No importa qué asignatura enseñes, siempre lo único relevante es la persona y su florecimiento. Mis semillas están sembradas, creo que no hay nada en la vida que valga más la pena que educar niños, pero primero debo volver a mi centro. Si el panorama educativo, escolar, social, digital y mundial no se equilibra, quedarán muy pocos profesores dispuestos a dar la batalla. Las familias tienen que defender los derechos y la libertad de sus hijos hoy más que nunca y así con ello, volverán los profesores que queremos respirar profundo y crear un espacio consciente para el aprendizaje de todos los niños. Cada apoderado tiene el poder de hacer que el colegio de sus hijos se centre de nuevo.



Categorías:Columnas

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