¿Cuánto éxito tendrían si no se hubiesen sacado la ropa?

Impacta la cantidad de «artistas» que se llena la boca con la palabra éxito, cuando todos sabemos que para llegar donde están, primero se desnudaron en cámara. Literalmente a tres clicks de distancia, puedo encontrar en internet las escenas íntimas que marcaron un antes y un después en su vida profesional, y no todas son de ficción. Los videos sexuales caseros abundan, pero no con la excusa de Pamela Anderson (se lo robaron, aunque ella trabajó en películas pornográficas), sino que hechos a propósito.

Videos del pasado o recientes, de artistas internacionales o nacionales, disponibles en sitios web de dudoso origen, están ahí sin que a nadie le moleste. Por el contrario, sin ellos sus protagonistas muy probablemente no tendrían trabajo en el mundo del espectáculo. Esto se presta para un sinfín de situaciones anormales en la industria, incluso al nivel de llegar a chantajear a alguien u ofrecerle un papel en una película a cambio de vender su alma al diablo. Suena como una locura, pero ocurre como una práctica común desde Hollywood para abajo. El movimiento Me Too esconde esa realidad; mujeres que cambiaron un papel por sexo y ahora están arrepentidas.

Aspirantes a la fama –y lo que ella podría conllevar-, desesperados, dispuestos a todo, pero además muchas veces sin real talento, sin un aporte o algo único que ofrecer, terminan vendiéndose voluntariamente. Aunque lo único que puedan ofrecer sea su cuerpo. Quizás una belleza física, quizás un cuerpo exótico o fuera de lo común -cirugías incluidas-, quizás la disposición a hacer cosas que el resto no haría. Cuando se les escucha en entrevistas o conversaciones hablar de talento, esfuerzo o trabajo, hay que preguntarse si saben cómo es el camino del resto, de los que no se sacaron la ropa. De los que dijeron no.

Recuerdo la historia sobre un breve trabajo en pantalla que una amiga hizo como periodista, muy joven, donde tenía un espacio de espectáculo en un programa juvenil de TV. Como venía el verano, grabarían en piscinas y playas. Al productor se le ocurrió llevar bikinis para la animadora principal, quien no tuvo ningún problema en ponérselos, incluso en cambiarse frente a todos, no delante de todos, pero sí tras una toalla. Eso era «más rápido» que ir al baño. Cuando tocaba grabar la parte de mi amiga, él le dijo a último minuto y frente a todo el equipo que también usara traje de baño, para que no resultara absurdo a ojos del espectador que una animadora estuviera en modo verano y la otra no.

Ella le dijo amablemente que no le parecía necesario, que la otra animadora podía vestirse para grabar las cápsulas sobre música y cine con ella. Había mesas y sillas, podían sentarse ahí con la piscina o playa de fondo. Todo el mundo enmudeció. Él insistió un par de veces, y ella volvió a decir que no. Nadie le hizo mayores comentarios directamente, y continuaron trabajando, pero cada vez que hubo oportunidad de hacer alguna broma durante los próximos días, la «broma» era que ella era mala onda; que no le costaba nada haberse puesto el traje de baño. Que echó a perder todo. Obviamente al poco tiempo no siguió trabajando ahí -era un trabajo temporal, además-, pero le sirvió para aprender.

¿A cuántas personas que les han hecho sentir incómodos en sus trabajos, con propuestas inapropiadas y sobre la marcha, les han arruinado su futuro por decir que no? ¿Les llegan buenas oportunidades a quienes solo quieren mostrar sus capacidades, conocimientos o experiencia? ¿Tiene en realidad futuro en el espectáculo, alguien que se niegue a sacarse la ropa?

La lista es tan larga, que no vale la pena mencionarla aquí; son cientos de rostros conocidos que todos hemos visto en películas, sobre el escenario o la TV que en algún punto del camino dijeron sí. Y que sin duda alguna usaron eso para ascender. Desde Penélope Cruz (Jamón Jamón), hasta Jennifer López (Money train), pasando por todo el abanico de famosos -desde luego hombres también-, que después han hecho declaraciones de arrepentimiento en retrospectiva, pero una vez que mostrarse ya les significó tener todas las puertas abiertas.

Muchas veces la misma industria nos hace creer que los estudios profesionales valen más, o que el talento es lo relevante para avanzar, pero luego se sigue mostrando a los mismos de siempre, bajo la excusa del «arte»; esa licencia que creen tener para usar el cuerpo. Es cierto, la decisión es libre y personal, pero no se puede usar un discurso intelectual y de mayores capacidades o trabajo, cuando estás sin la parte de arriba. O de abajo.

A quién quieren engañar. Es obvio pensar que existen múltiples maneras de crear un momento sensual o erótico, sin caer en lo burdo. Sobretodo considerando las múltiples opciones que brinda la tecnología en la actualidad. No se trata de quitar el eros del arte. La vieja discusión sobre si la industria da lo que pide el público, o si es el público quien debe exigir mayor calidad a la industria, ya está quedando demasiado añeja. Es una misión y responsabilidad de cualquier tipo de medio de comunicación, ofrecer contenidos que aporten a una sociedad, en lugar de degradar y caer en lo obvio.

Solo así, los aspirantes a la fama dejarán de tener un incentivo para hacer sus propios videos íntimos (a lo Kardashian, una prostituta con todas sus letras) y usar las cámaras para cosas que realmente propongan algo bueno. Pamela Anderson va a estrenar pronto un documental en Netflix sobre su vida y el video sexual que le fue robado, y que dio pie para un crecimiento absurdo de videos sexuales en la industria. Por supuesto que tiene todo el derecho de dar su versión, pero también debe tomar responsabilidad por el hecho que aun -muchos años después- puedo encontrarla en internet teniendo sexo con su ex, a un par de clicks de distancia.



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